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El cambio de la barbarie

 

Opinión-colorErick Zúñiga

Para muchos, seguramente para la mayoría, los sacrificios humanos son aborrecibles. Pero ésta es una mirada tardía. En su momento, ninguna sociedad los rechazó, ni siquiera cuando se trataba de canibalismo. En la medida en que los pueblos fueron desarrollándose los sacrificios desaparecieron o, mejor dicho, fueron sustituidos por otro tipo de asesinato, el de la conquista. Los persas, los romanos, los hunos, los mongoles o héroes como Julio César, Alejandro Magno, Napoleón o villanos como Hitler, dejaron a su paso tantos muertos como nunca pudieron sacrificar los aztecas en cien años. Si vemos las cosas dentro del mundo actual, más vidas se perdieron, más sangre fue derramada en nombre de religiones que predican la paz y el amor, que aquéllas que fueron sacrificadas en aras de creencias severas. El sacrificio humano fue parte de un ritual religioso que gradualmente evolucionó hasta desaparecer. O fue sustituido por guerras e invasiones hechas por las potencias.

Nigel Davies escribe en su obra Sacrificios humanos que “en esencia, el sacrificio humano era un acto de piedad. Tanto el sacrificador como la víctima sabían que el acto era necesario para salvar al pueblo de calamidades y al cosmos de derrumbarse”.

Davies no deja de tener razón, todavía a fines del siglo XIX y principios del XX en algunas islas del Pacífico, hoy bajo dominio norteamericano, solían sacrificar doncellas para que los dioses fueran favorables o para aplacar la violencia de volcanes en erupción; a nadie le asombraba la muerte de las jóvenes mujeres. Era una costumbre benéfica para la sociedad. Uno siempre imaginará que la víctima sufría intensamente los instantes previos a la muerte, pero no es así, es imposible comparar el temor de una persona al pie del cadalso, antes de sufrir el peso de la cuchilla de la guillotina o la brutal descarga eléctrica o las balas de un pelotón de ajusticiamiento o la cámara de gases o la asfixia de una soga en el cuello, con los sentimientos de alguien que marcha hacia su muerte para que sus dioses sean generosos y propicios. Mucho más adelante, en nuestra época, vimos pilotos de combate japoneses llamados kamikazes ir gozosos hacia la muerte y a vietnamitas, musulmanes, palestinos e iraquíes dar su vida por la “libertad”.

Es ridícula, en consecuencia, tanta estupidez y gazmoñería de aquellos que ven la cultura azteca como criminal y bárbara: actuaron conforme a sus tiempos y a sus valores, del mismo modo que ingleses, españoles, alemanes, franceses, portugueses o norteamericanos han masacrado en nombre de sus respectivos imperios a millones de nativos, compatriotas, colonizados e invadidos en nombre de la fe cristiana, de la “libertad”, la “democracia” y “civilización”.

El canibalismo es algo distinto. Diego Rivera habló largamente de lo nutritivo que resultaba la carne humana obtenida en alguna morgue, en este caso, una simple carnicería. Escandalizó, ciertamente, pero nadie lo refutó en términos científicos. Era sin duda una broma. Hay un recuerdo que no me abandona: cuando yo era adolescente, doña Eulalia Guzmán, quien había asumido la defensa de lo prehispánico como un castigo doloroso, le decía a mi padre, también historiador, con mucha aflicción: Nunca, profesor Avilés, los españoles vieron un sacrificio humano en estas tierras. Eran prácticas abandonadas para esos años.

El sacrificio humano nunca es un acto de canibalismo, y éste es una simple y brutal acción gastronómica para paladares muy distintos de los nuestros y culturas diferentes. En lo personal, jamás me comería a un semejante. Esto nos conduce al mundo de las grandes ideas. Hasta la fecha, Malthus continúa vigente. Sin embargo, en algo falló su teoría. Todas las corrientes de pensamiento moderno, el marxismo incluido, han satanizado al pobre Malthus por sus afanes de querer llevar a cabo un desmesurado control de la natalidad, de intentar la hazaña de ponerle un alto a la fatal consigna de creced y multiplicaos. La población humana crece de manera geométrica, es exacto y allí vemos los resultados: un mundo semidestruido y en vías de extinción.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

Estancados

Hay adjetivos calificativos para toda circunstancia. El paquete económico presentado por el Ejecutivo Federal es “responsable” y “austero”. Con estos eufemismos, se dibuja en tonos más amables un presupuesto que apuesta a la estabilidad por encima de cualquier otra cosa y deja las posibilidades de crecimiento para el futuro, quién sabe cuándo.

Ha sido una lluvia de señales. Todas ellas, dirigidas a un mismo objetivo: dar a entender a la comunidad inversionista, nacional e internacional, que México se va a alinear a la ortodoxia más estricta. Con ello se quiere generar ese intangible llamado “confianza” y que por favor no nos vayan a confundir con otros mercados emergentes, como siempre lo hacen.

¿Cuáles son estas señales? La primera es la reducción del déficit público a pesar de la severa baja en los ingresos petroleros. No sólo absorberemos la caída en los precios, sino que iremos más allá. El déficit de 0.5 por ciento del PIB es fácilmente financiable… como lo sería uno del triple de tamaño.

La segunda señal es la conversión de la deuda pública en anatema, como si fuera la causa —que no lo es— de las estrecheces económicas del momento. Incluso se plantea que los sobrantes de las operaciones cambiarias de Banxico, que este año han aliviado un poco las finanzas públicas, se destinen el próximo a pago de deuda por adelantado.

La tercera es el anuncio de algunas razonables deducibilidades para quienes reinvierten sus dividendos y para pequeñas y medianas empresas. Un primer guiño.

La cuarta, el moverse como si el tan anunciado aumento mundial en las tasas de interés (llevan un año diciendo que ya merito) fuera una realidad preexistente (de hecho, el secretario Videgaray habló en pasado de un hecho que, si la Fed se equivoca, podría darse el 17 de septiembre, pero esperamos que no se equivoque y tarde más). Eso es estar a tono con el stablishment mundial de los opinadores de finanzas; es decir, a la derecha de The Economist.

La quinta, la solicitud de ratificación de Agustín Carstens al frente del Banco de México, como garantía de que el banco central seguirá en la ruta de la desinflación a toda costa.

Estas señales, sin duda, generan aprobación entre empresarios e inversionistas. No serán suficientes, sin embargo, para evitar que continúen las presiones para echar atrás, aunque sea paso a pasito, la reforma fiscal aprobada en la primera mitad del sexenio. Tampoco serán útiles para la dinámica económica —que seguirá dependiendo del comportamiento de la economía de Estados Unidos—, para la creación de empleos o para el bienestar colectivo.

Al contrario, prometen más del estancamiento estabilizador que caracterizó a las anteriores administraciones, las de los gobiernos del PAN.

La inversión pública se mantendrá a niveles similares a los de mediados de la década de los cuarenta del siglo pasado, cuando el país y su economía eran muy distintos a los de ahora. Como se sabe, la inversión púbica estratégica crea condiciones para detonar inversión privada.

En las condiciones actuales, más vale que funcionen los esquemas de asociación público-privada en inversiones de infraestructura, porque de lo contrario, el estancamiento puede convertirse en recesión. Y más vale que el flujo de gasto sea constante —no recargándose tanto en el crédito de proveedores—.

Una cosa es crear las condiciones propicias para la inversión, tanto pública como privada, y otra es creer en la economía vudú (Bush padre dixit), según la cual una disminución de impuestos trae consigo más ingresos públicos (se requeriría que la inversión fuera súper elástica a los cambios impositivos, y no lo es), pero el hecho es que, con argumentos de ese tipo, en las próximas semanas habrá un estira y afloja en el Congreso para bajarle otro par de rayitas a la reforma fiscal.

Valores humanos

Son los valores los que impulsan al ser humano a hacer el bien y procurar el bien común. Eso lo convierte en un factor positivo donde quiera que se encuentre.

El bien y el mal son “aplicaciones” instaladas en el disco duro de la conciencia humana. Podemos distinguir la luz de la oscuridad, el día y la noche, la fragancia de la pestilencia, lo limpio de lo sucio, lo sano de lo podrido. Al honesto del corrupto. “Por sus frutos los conocereís”, decretó Cristo.

Cuando los antivalores rigen la conducta de una persona, por lo general nos encontramos con un individuo negativo, egoísta, frío e insensible a quien no le importan los demás y, mucho menos, las consecuencias que sus actos tienen en la vida de los demás. Además, los depredadores actúan en manadas. Un ejemplo de antivalor en grado superlativo es el gorilato de Nicolás Maduro.

Venezuela quedó ligada al nombre de Simón Bolívar, quien recibió en 1813 el título honorífico de “El Libertador”. Por sus acciones e ideas es conocido como “Hombre de América” y una destacada figura de la Historia Universal. Fue un militar y político venezolano que contribuyó a inspirar y concretar, de manera decisiva, la independencia de las actuales Bolivia, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela.

Nicolás Maduro se ostenta como “Bolivariano” y mientras se cuelga de los ideales de Bolívar, ha traicionado sistemáticamente todos los valores de Simón Bolívar en Venezuela. Regaló y malbarató el petróleo, llevó a su pueblo a la miseria y a una situación de crisis humanitaria con el desabasto total de alimentos y medicamentos. Ha sometido a los venezolanos a despiadados métodos de nefasta dictadura, encarcelando a los que sí tienen valores, a los que sí piensan en el destino del pueblo venezolano.

Simón Bolívar advirtió: “Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en  el poder a un mismo ciudadano. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; ahí se origina la usurpación y la tiranía”.

No queremos a ese México

En este día, en México, algún político —en colusión con algún empresario— hará un arreglo ilegal. También algún policía se entenderá con quien no debe. Algún dirigente engañará a sus bases con promesas y propuestas demagógicas. Alguien intentará privatizar un espacio público. Otro gritará mentiras y vandalizará lo que pueda. Y no suele faltar quien asesinará con sevicia a otro ser humano a quien considera un obstáculo para su actividad criminal.

Todo eso sucede en México y —cuando se puede averiguar— es dado a conocer por los medios de comunicación. Así debe ser, porque parte de la tarea de los medios es vigilar, denunciar y criticar las cosas que están mal.

Pero también en este día, millones de mexicanos —muchos más que los de la primera lista— trabajarán y estudiarán honestamente, dando lo mejor de sí. Habrá miembros de las fuerzas del orden que enfrentarán con decisión a la delincuencia. También muchos se lo pasarán elaborando planes para que la gente viva mejor. Cientos de médicos y enfermeras salvarán vidas irrepetibles. Miles expresarán con libertad sus puntos de vista, y seguirán organizándose en defensa de intereses legítimos. Habrá quienes generen proyectos capaces de dar empleo a otras personas y quienes pongan en acción su creatividad, para que entendamos mejor nuestra vida. Habrá científicos que escudriñan la realidad con las armas de la inteligencia y maestros que pasen sus conocimientos a las nuevas generaciones.

Todo eso sucede en México, pero es poco común que los medios de comunicación le den la importancia que merece. Lo estridente suele ser más atractivo, más entretenido, más “vendedor”. El cristal negro se confunde con el “México real” (como si fueran irreales los millones de ciudadanos que contribuyen a sostener este país) y un cristal realista y equilibrado es confundido, a veces, con insuficiencia de sentido crítico.

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