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El beneficio de la duda

Opinión-colorErick Zúñiga

Una extraña ola de optimismo ha invadido al PRI y al gobierno federal, tras los resultados de las elecciones del 7 de junio. Esta alegre secreción de dopamina puede llevar a ambos a conclusiones equívocas en el análisis y, por lo tanto, a decisiones políticas erróneas. En lo económico, en particular, esto puede resultar fatal.

Al PRI y a sus aliados les fue en las elecciones mejor de lo que esperaban, a pesar de la caída millonaria en votos del tricolor. Existía en el partido y el gobierno la pesada certidumbre de que habría un voto de castigo, y el que hubo resultó limitado. El alivio fue tal, que no se ha querido ver la merma de tres años de un capital electoral.

El espejismo se acentúa a la hora de ver la composición de la nueva Cámara de Diputados, que genera la posibilidad (teórica, en realidad) de armar estrechas mayorías sin necesidad de negociar con los principales partidos de oposición. Olvidan que, debido a un hábil manejo de las candidaturas de la coalición PRI-PVEM —en la que muchos triunfos priistas fueron registrados como Verdes, particularmente en Chiapas—, el tricolor le sacó la vuelta en los hechos al tope legal de sobrerrepresentación del 8 por ciento.

A esto hay que agregarle una lectura de vaso medio lleno a la percepción pública sobre el comportamiento económico. Se juntan en el análisis, correctamente, dos hechos: que, en promedio, la población no es tan pesimista respecto a la economía como en otros años electorales, y que hay una correlación entre optimismo económico y voto por la coalición encabezada por el PRI.

Si bien esto ayuda a explicar el fracaso de la propaganda panista (que le pegaba, por ejemplo, a una reforma fiscal que hace enojar a los empresarios, pero no a las mayorías) y el buen tino de la priista (que mejor dejó de lado temas espinosos, como inseguridad), hay que llevar a la lógica de paseo para hacerlo implicar el aval popular a la política económica vigente. Está lejos de ello.

Las encuestas —se ha dicho hasta el cansancio— no son predicciones. Simplemente son una fotografía del ánimo público en el momento en que son levantadas. Eso vale también cuando la entrevista es sobre la percepción acerca de la economía.

¿Qué significa eso? Que si bien el pesimismo no campea en estos momentos, no significa que esté desterrado para siempre, y más si la situación económica se deteriora.Aún hay más. Está comprobado que la opinión pública sobre la evolución de la economía atiende más al momento que se está viviendo, que a un análisis sobre las expectativas a futuro. En otras palabras: la mayor parte de la gente ve el presente y calcula inercialmente que la tendencia continuará. Si las cosas no van mal, considera que no empeorarán.

En efecto, las cosas, a pesar del crecimiento mediocre, no van tan mal. Hay creación neta de empleos formales, estabilidad macroeconómica, algunos servicios que se abaratan y un corto etcétera. El problema es que esa inercia está por ser rota a partir de la necesaria redefinición del presupuesto para 2016.

Las reformas estructurales, que deberían detonar en estos años el crecimiento y el empleo, requieren de una política económica que no propicie el estancamiento. Requieren que el país cierre la brecha entre su crecimiento real y el crecimiento potencial. Requieren del fortalecimiento de la inversión: la privada, la de asociaciones público-privadas y la pública.Para decirlo de otra manera, requieren de una política anticíclica. Pero todo indica que no tendremos esa medicina, sino la contraria.

La redefinición del gasto —que, por cierto, debería ser la primera discusión principal de la Cámara recién electa— abre un abanico de posibilidades de reingeniería presupuestal, que podría evitar duplicidades y desviaciones clientelares, pero más probablemente servirá para hacer recortes sobre lo existente y para justificar —tal vez con otras palabras— la austeridad que viene.

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