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Ejemplo de éxito

Opinión-colorErick Zúñiga

En días recientes, hemos sido testigos de un fenómeno inédito en México: la presentación de un economista como si fuera una estrella de rock. Así sucedió con Thomas Piketty, el autor de El Capital en el Siglo XXI, libro cuya versión en español acaba de editar el Fondo de Cultura Económica.

¿A qué se debe el inusitado éxito de Piketty, que pasaba de la firma de libros a la televisión, a una gira relámpago por universidades, al Senado? A que trae, en la que Mencken describió como “la ciencia lúgubre” (la economía), el equivalente a nuevas de gran gozo (como dirían los bíblicos).

Me remito a un artículo mío de hace dos años y medio, agosto de 2012, en ocasión del centenario del notable economista Milton Friedman:

“…Al cabo de pocos años, las políticas inspiradas en Friedman se fueron generalizando (él mismo fue importante asesor de Reagan), y dieron como resultado una época de crecimiento económico relativo y una brecha creciente entre los más ricos y el resto de la sociedad. También significaron un alto a la movilidad social que había caracterizado a decenas de países desde la posguerra: se ha hecho más difícil destacar viniendo desde abajo.”

Thomas Piketty aspira a ser ese economista y a crear esa escuela. Todos quienes, por una razón u otra, hemos sido críticos de la nueva ortodoxia económica, vemos en su trabajo un camino analítico con posibilidades de enfrentar las falsas certidumbres con las que se ha alimentado el debate en la materia en las últimas décadas.

Creo, sin embargo, que es un camino que apenas empieza y que el debate será complicado; en primer lugar, porque a estas alturas las escuelas económicas suelen hablar en lenguajes distintos y en segundo, pero tal vez más importante, porque el debate estará inevitablemente preñado de cuestiones políticas.

A diferencia de los nuevos ortodoxos, Piketty abreva de las raíces de la economía política y se hace las preguntas relevantes que se hicieron Malthus, Ricardo y Marx: las que tienen que ver con la producción y la distribución, mucho más de las que tienen que ver con el funcionamiento, presuntamente automático, de los mercados (por no hablar de la teoría de juegos).

También a diferencia de ellos, Piketty no se engaña sobre el carácter de la economía como una ciencia social. Está mucho más emparentada con la historia y la sociología que con la ingeniería o la física. Sus “leyes de hierro” son, si acaso, tautologías. Tiene muchas variables medibles, pero aún su medición es una construcción social, influenciada por el momento histórico (como lo muestra cuando explica que hasta el siglo XIX la obsesión era medir la riqueza acumulada, el acervo, y desde el siglo XX ha sido medir los ingresos anuales, el flujo).

La tesis fundamental del libro es ya bastante conocida: la época de crecimiento económico socialmente incluyente, que caracterizó al mundo durante buena parte del siglo XX, es la excepción y no la regla. En el siglo XXI, y particularmente en las naciones ricas, estamos en una situación en la que el crecimiento del producto es y será inferior a la tasa de retorno del capital (ganancias, rentas, intereses, etcétera), lo que se traducirá en un incremento de la parte que le toca al capital en el pastel distributivo: en más desigualdad, que a su vez traerá severos desequilibrios sociales y crisis económicas recurrentes, cuyas salidas pueden ser falsas. En otras palabras, que la desigualdad amenaza la democracia y que, por lo tanto, es necesaria la intervención pública —sobre todo fiscal— para disminuir esta desigualdad y preservar las democracias.

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