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EDITORIAL

Las críticas a Davos

Desde 1971, las elites financieras, políticas y de otros ámbitos de la vida pública, se reúnen en las últimas semanas de cada enero en el pueblo de Davos, Suiza, para discutir todo tipo de temas. Las reuniones que se celebran ahí, primero como Foro Europeo de la Administración y, desde 1987, como Foro Económico Mundial, sirven para discutir algunos de los temas más importantes de la economía, la diplomacia y la política global. Uno podría pensar que Davos fue la cuna de la globalización financiera que arrasó al planeta en los últimos 30 años y generó nuevas formas de entender la producción y la distribución de bienes y servicios.

Desafortunadamente, el Foro no ha servido para que el capitalismo reconociera los riesgos y evitara crisis como la de mediados de la década pasada, entre otras. Incluso, uno podría pensar que el Foro, lejos de evitar esas crisis, más bien ha contribuido, las ha ahondado y ha dado algún barniz académico a las decisiones de las elites financieras que las hicieron posibles.

Ese fue el caso de la amplia desregulación de la economía que permitió, por ejemplo, el surgimiento de los mercados de derivados que sumieron a la economía global en la que, no en balde, ya se conoce como la Gran Recesión de 2007-10, la más grave crisis global desde la Gran Depresión de 1929. Es cierto, cada año, el Foro invita a artistas como Bono, del grupo irlandés U2 o a personalidades de la filantropía, para que hablen acerca de la importancia de ayudar a otros, de impulsar programas de desarrollo en África, América Latina o Asia… Lamentablemente no pasa de ahí, de buenos propósitos.

Este año, en los márgenes de ese encuentro, se han publicado dos documentos clave, dirigidos a quienes asisten al Foro. El primero fue una carta interpelante del papa Francisco a los asistentes a Davos, en la que invita a  combatir,  reducir, las desigualdades. El mensaje es tan elemental como claro. No rechaza la idea de la prosperidad; pide que la prosperidad sea una realidad para todos.

Casi a la par del mensaje que Francisco dirigió al Foro, la organización Oxfam, publicó el documento dedicado también al Foro de Davos: Gobernar para las elites, en el que describe qué tan profundas son las desigualdades: 83 personas concentran  la riqueza  equivalente a la de los tres mil millones de personas más pobres del mundo. El documento está disponible en http://bit.ly/1aNaxVE.

Tanto la carta del Papa a Klaus Schwab, como Gobernar para las elites de Oxfam, advierten la gravedad de la situación que vivimos a escala global. Uno y otro hacen ver que la pobreza o la opulencia no son fenómenos naturales, que simplemente ocurren. Existen estructuras  sociales injustas que hacen a los ricos más ricos y a los pobres más pobres, pues quedan excluidos. Señalan, desde sus respectivas ópticas, que detrás de la pobreza de miles de millones de personas hay decisiones, políticas públicas que muchas veces se aplican sin el cuidado debido, acaso con un exceso de optimismo, que lejos de facilitar la solución de los problemas, terminan por generar otros más graves, más difíciles de resolver.

Eso es lo que el documento de Oxfam aporta. No es sólo una crítica desde la perspectiva moral del enriquecimiento desproporcionado de unos cuantos. Ofrece pistas de cómo y por qué es que ese enriquecimiento ha ocurrido y de lo que podría hacerse para evitarlo. En EU, por ejemplo, el uno por ciento más rico aumentó 150 por ciento su ingreso entre 1980 y 2012 y ello les ha permitido concentrar poco más del 20 por ciento del total de la riqueza de ese país. Oxfam demuestra que detrás de esas realidades, hay decisiones políticas que no se discuten según las reglas democráticas.

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