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Difícil, más no imposible

OpiniónErick Zúñiga

Ya se ha vuelto un lugar común decir que todo lo hecho por el “Régimen de la Revolución” estuvo mal. Es decir, que aquello fue un desastre: las políticas asistencialistas que implicaron el desmesurado aumento del gasto público, el incremento de las instituciones del Estado, la contratación estratosférica de personal, las políticas paternalistas y la falta de competitividad. No obstante, habría que reconocer que ese régimen también tuvo logros importantes.

Por ejemplo, pudo pacificar al país después de un período de alta belicosidad (1910-1936). Luego de ello se pudo dar el salto del militarismo al civilismo para así encarrilar al país por la senda de la institucionalidad. En su haber, igualmente, debemos decir que la Revolución Mexicana construyó un Estado nacional fuerte, capaz de garantizar la estabilidad política y la paz social. De otra parte, en términos económicos, gracias, primero al período de industrialización (1940-1958) y luego al desarrollo estabilizador (1954-1970) hasta llegar al modelo de desarrollo compartido (1970-1981), el país logró un crecimiento económico sostenido. En promedio, 6.07 por ciento anual. En el centro de este modelo estuvieron el proteccionismo y las nacionalizaciones de las compañías petroleras extranjeras, la electricidad, los ferrocarriles, etcétera. Se llegó a hablar del “milagro mexicano”.

A esto debemos agregar que la mediación y la inclusión se lograron en virtud de la incorporación de las masas sociales en la vida política de la nación por medio de la organización de los sectores obrero, campesino y popular en el partido de la revolución. En cuanto a las transformaciones provocadas por el Régimen de la Revolución es preciso señalar que, entre la década de los treinta a los primeros años ochenta, las clases medias urbanas crecieron.

¿Pero, acaso ese modelo político y económico era sostenible a largo plazo? La respuesta es negativa. Se trató de un sistema autoritario cuyo basamento se puso en tela de juicio gracias a movimientos como el magisterial de 1958 y el ferrocarrilero también de 1958 y, sobre todo, el movimiento estudiantil de 1968. De allí empezó la larga marcha hacia su transformación a través de reformas político-electorales sucesivas (1977, 1986, 1991, 1996) en un proceso conocido como “transición a la democracia” que trajo consigo un nuevo sistema de partidos, un esquema más equitativo y justo en la competencia por el poder y, particularmente, la alternancia en el año 2000.

En términos económicos el modelo del Estado interventor (que terminó en medio de altos niveles inflacionarios, desequilibrios macroeconómicos, crisis fiscal y corrupción rampante) fue sustituido por el modelo neoliberal que, en contraste con el anterior, echó a andar un programa de privatizaciones, despidos masivos, drásticos cortes al gasto público, apertura comercial. Este modelo prometió un desarrollo económico mejor y mayor que el asistencialista. Sin embargo, hasta ahora, más de treinta años después, sólo vemos promesas incumplidas: más desequilibrios entre el campo y la ciudad, migración y marginación, freno al ascenso social, profundización de las desigualdades sociales, incremento de la violencia, persistencia de la corrupción, bajas tasas de crecimiento económico.

Hemos llegado a un punto en el cual también la pregunta que se hizo para el viejo régimen es pertinente ¿acaso este modelo político y económico es sostenible a largo plazo? La respuesta, igualmente, es negativa. En términos políticos hemos construido una democracia imperfecta que no satisface las expectativas de los ciudadanos. Surgió una partidocracia alejada de los individuos de a pie. Por el lado económico debemos resaltar que la tecnocracia, en su defensa, no se cansa de repetir que sólo hay de dos sopas: asistencialismo o libre mercado. Pero no es así: hoy en el mundo se están ensayando nuevas rutas gracias a las cuales es posible combinar la eficiencia económica con la responsabilidad social; la libre empresa con la justicia distributiva en el marco de la democracia liberal. El reto es romper el “cuello de botella evolutivo” en el que nos metió el neoliberalismo. Crear una sociedad abierta, en la que quepamos todos.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

Tendencias

Las elecciones en Estados Unidos generan tendencias en materia de comunicación política en el mundo; desde el primer debate televisado en 1960, el uso de las redes sociales en 2008 y el mensaje de comunicación antipolítica e imagen pública negativa del republicano Donald Trump y sus buenos resultados en el reciente Súper Martes que hacen preguntarnos ¿por qué la política está en retirada y el autoritarismo en aumento en todo el mundo?, ¿por qué la radicalización del discurso ha tenido éxito?, y ¿por qué ha ganado en la agenda de los medios la discusión de si es correcta o no la construcción de un muro en la frontera norte?, pero mejor vamos por partes:

Comunicación política en EU. Las elecciones generan tendencias en materia de comunicación política en el mundo, recordemos los efectos en las audiencias del primer debate televisado en 1960 entre Kennedy y Nixon. El lenguaje no verbal dio la victoria al primero y los radioescuchas al segundo, que a la postre quedaría en segundo lugar; 48 años después, en la primera campaña del presidente Obama se sobredimensionaron los efectos en el uso de las redes sociales, menospreciando que la verdadera utilidad fue la movilización de aportaciones económicas. Si Trump gana la candidatura éste sería un antecedente mundial, donde un empresario con un discurso maniqueo demagógico podría ser el presidente de unos de los países más importante del mundo.

Mensaje político. Se han preguntado cómo un personaje que agradece a los ignorantes que votaron por él y que al mismo tiempo afirma que “podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votantes” lleva la ventaja en las elecciones internas. Las encuestas explican que seis de cada 10 simpatizantes de Trump son de raza blanca y la mayoría no tiene estudios superiores. En el caso de Hillary, llama la atención cómo a pesar de tener una presencia importante en medios, su mensaje de diversidad e integración ha sido débil y no ha generado agenda. Resulta paradójico cómo las mujeres, madres solteras de raza blanca, negra o latinas no apoyan a la ex secretaria de Estado y sí a Bernie Sanders, un político de más de 70 años.

Antipolítica. La política está en retirada y el autoritarismo está en aumento en todo el mundo. Hay dos maneras de mantener el orden y hacer las cosas en una sociedad — la política o alguna forma de dictadura—. Ya sea a través del compromiso o la fuerza bruta. La política es una actividad en la que se reconoce la existencia simultánea de diferentes grupos, intereses y opiniones. La política es una forma de gobernar las sociedades divididas sin violencia excesiva.

Narrativa maniquea. Uno de los ejes de la narrativa de campaña es una imagen muy sencilla: la construcción de un muro. Seguramente muchos de los lectores que han leído esta barbaridad no conocen la frontera, pero es tan sencilla la escena que hace imaginar la propuesta. La gran fortaleza de Trump es que logró que el tema del muro sea tema de campaña. La retórica del miedo ha resultado un rasgo distintivo, recordemos el primer spot contra musulmanes y mexicanos a quienes llamó –y llama– violadores y narcotraficantes. El discurso maniqueo y miedo son los factores del éxito de esta campaña de comunicación.

Desde hace 28 años los precandidatos que ganan el Súper Martes obtienen la nominación de sus partidos. En próximas fechas se esperan spots que eviten ese escenario. Después de conocer a los candidatos vale la pena saber si los militantes de los aspirantes derrotados apoyarán o no a los ganadores de la batalla pírrica y a quiénes apoyarán los electores independientes. La antipolítica emerge como respuesta a la representación, pero su intervención agudiza la descomposición institucional. Sin embargo, en la política como en la vida la confianza y el amor se acaban.

Obligaciones de transparencia

Sin duda alguna, la reforma constitucional en la materia y la aprobación de la Ley General de Transparencia han contribuido a avanzar en dicha dirección; sin embargo, para asegurar que esta tendencia continúe y se fortalezca, el Inai ha impulsado la firma de un Acuerdo Nacional por la Transparencia con los partidos políticos para promover el compromiso público de estos organismos con la rendición de cuentas. Acuerdo que, espero, pueda servir como punto de partida para impulsar un nuevo equilibrio en nuestro sistema democrático.

Con este pacto buscamos respaldar la voluntad política de los partidos de transparentar el uso de los recursos públicos que les son otorgados, y así propiciar el debido cumplimiento de las 78 obligaciones de transparencia, 48 generales y 30 específicas, que deberán cumplir a partir del 5 de mayo de este año, atendiendo nueve principios: veracidad, confiabilidad, oportunidad, congruencias, integralidad, actualización, accesibilidad, comprensibilidad y verificabilidad.

Un punto relevante al respecto es que, de acuerdo con lo establecido en el marco normativo vigente, la información derivada de estas obligaciones deberá ser pública y puesta a disposición de la ciudadanía tanto en sus correspondientes portales de transparencia como en la Plataforma Nacional de Transparencia.

Este hecho permitirá que la sociedad cuente con más y mejor información para ponderar el desempeño de los diversos institutos políticos y contribuir con ello a determinar el sentido de su voto en las urnas. Además, abonará a combatir la opacidad que tradicionalmente se ha registrado sobre la manera en que los partidos políticos hacen uso de los recursos públicos que les son asignados para el cumplimiento de sus funciones.

Lo anterior sin olvidar que en medio de la fuerte crisis de credibilidad que atraviesan los partidos políticos, la transparencia representa una oportunidad como pocas para restablecer su vínculo y legitimidad ante la sociedad.

Reglas inviolables

Los partidos políticos se deben a la ciudadanía, surgen de ella y ella es la que los legitima. En este sentido, su compromiso con la transparencia no sólo será prioritario para reconectar con las y los mexicanos, sino fundamental para impulsar la reconstrucción del tejido social y la consolidación de nuestra democracia.

Sobre todo considerando que, actualmente, México ocupa el lugar 66 de 167 países, en el Democracy Index 2015 que publica The Economist Intelligence Unit1, lejos del grupo de países con democracia total.

Sin duda alguna, el camino será largo. La firma de este acuerdo por la transparencia con los partidos políticos es tan sólo un primer paso. Sin embargo, en los años venideros, requeriremos el esfuerzo coordinado de todos para enfrentar la contracorriente que significa que sólo 17% de la población se sienta representado por el Congreso y el que únicamente 26% considere que existe mucha o algo de transparencia en el gobierno.

Hasta ahora son Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y Movimiento Ciudadano los que han suscrito el Acuerdo. Muy pronto veremos el compromiso de las demás fuerzas políticas nacionales.

Nos encontramos ante una gran oportunidad para combatir la ausencia de valores que enganchen a la ciudadanía con los partidos políticos y las instituciones. Es tiempo de enfrentar la insatisfacción de nuestra democracia con la voluntad política que conduzca a hacer de la transparencia y el acceso a la información, reglas inviolables.

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