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Diferencias persistentes

Opinión-colorEl Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) presentó recientemente los resultados del Índice del Desarrollo Humano para las Entidades Federativas 2015, al cual titula “Avances continuos, diferencias persistentes”.Si algo revela el documento es que en nuestro país el mayor problema social que se enfrenta no es otro sino la profunda y grosera desigualdad que nos caracteriza y que nos sitúa como una sociedad a todas luces inequitativa, pero también una sociedad que políticamente ha renunciado a un proyecto civilizatorio, en el cual todas y todos podamos tener acceso a niveles de bienestar que respondan a la dignidad humana.

La desigualdad económica no es de ninguna manera resultado exclusivo de un mal funcionamiento de los mercados. En realidad se trata del resultado lógico de un conjunto de arreglos políticos, que se traducen en estructuras económicas, que están diseñadas explícita y abiertamente para que unos ganen casi todo y para que otros pierdan de manera reiterada y permanente.

En el siglo XVI, Juan Zapata y Sandoval se refería al fenómeno de la desigualdad y la injusticia distributiva desde una posición ética, desde la cual hacía notar que si había algo en el fondo de la injusticia, esto era el llamado delito de “acepción de personas”.

Tal crimen era cometido por aquellos que, con base en un prejuicio, de cualquier tipo, desarrollaban acciones que deliberadamente buscaban reducir el ámbito de los derechos, del acceso a bienes o del favor de personas que estaban dispuestas a hacer el bien a los demás.Para Juan Zapata y Sandoval, quien cometía el crimen de “acepción de personas” se encontraba literalmente en estado de pecado mortal; y por lo tanto, el precio que debería estar dispuesto a pagar por tal actitud y conducta no era otro sino la condenación en los infiernos.

Mucho antes, el filósofo y moralista Plutarco había advertido también que la desigualdad y la injusticia, entendida como distribución inequitativa de lo que hoy se llamaría los bienes y los beneficios sociales, era resultado de una enfermedad de la mente, del espíritu. Es decir, la búsqueda y refrendada de la acumulación vía el despojo de los demás era desde el punto de vista de Plutarco nada menos que una enfermedad.

En nuestros días, hay numerosos filósofos y economistas que han llevado a cabo propuestas dirigidas a la promoción de la justicia; Rawls, Apel, Sen, Nusbam, entre otras y otros, han desarrollado teorías sobre por qué en nuestras sociedades hay una fuerte concentración de la riqueza en unas cuantas manos.

Sin embargo la mayoría de ellas y ellos no han dado en el clavo, porque se han centrado en la dimensión económica, y en el mejor de los casos en el ejercicio de la política. Por el contrario lo que deberíamos estar haciendo es construir una nueva teoría moral del Estado desde la cual explicar por qué y cómo la avaricia, la envidia y la codicia se han convertido en los valores fundamentales del quehacer político y económico en todo el planeta.

Una nueva política requiere de una nueva ética; una que tenga como eje rector un indeclinable compromiso con una infinita responsabilidad con los otros. Es decir, de lo que se trata es de romper con la lógica del despojo, y de la perversa expoliación de casi todos, en aras de la locura de unos cuantos.

El informe del PNUD sostiene que a estados como Chiapas, Guerrero y Oaxaca, podría tomarles, de continuar las tendencias actuales, hasta 200 años alcanzar los niveles de bienestar y de desarrollo humano que existen ahora mismo en entidades como el Distrito Federal y Nuevo León.Lo anterior constituye una verdadera catástrofe, significa es que no hemos aprendido nada desde hace 200 años y los anhelos de libertad, justica y prosperidad enarbolados por la Guerra de Independencia, siguen pendientes.

Erick Zúñiga

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