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De pena ajena

Opinión-colorÁguila o Sol

De: Prof. Monjardín

Más allá de los significados comerciales, políticos y sociales que le encuentren algunos a la visita de sus majestades la reina Letizia y el rey Felipe de España, la verdad lo que han resaltado son los desfiguros a los que deberíamos estar acostumbrados ya que son de larga data en la diplomacia mexicana.

Quizá el más notable fue cuando Luis Echeverría se encontró con la reina de la Gran Bretaña (no sé ni me importa si es el título correcto), la tomó por el antebrazo y como corresponde a un bien nacido liberal juarista, en ningún momento le llamó sino sólo por el título, por cierto muy honroso, de “señora”.

He narrado la visita a Juan Carlos de Borbón en Madrid, con un contingente de senadores y numeroso grupo de periodistas. Con la torpeza casi diría que obvia en un hombre de tal tamaño, se le hacía imposible abrir un pequeño envoltorio con un bronce ecuestre. Hasta que le sugerimos que despegara la cinta de la parte inferior. Aún así necesitó ayuda.

Época actual: entre los discursos, uno llama la atención: mientras Felipe alaba sin medida el Pacto por México y califica al país como una de las grandes democracias del mundo, el mandatario local hace énfasis en que ocupamos el sexto lugar entre los inversionistas en España, en tanto que cinco mil 300 empresas de tal nacionalidad están en México.Hay una expresión que resume todo: España es fundamental para México. Y sí, porque mientras los jerarcas se reúnen a intercambiar aplausos, la empresa gachupina OHL, dueña de más de la mitad de las concesiones carreteras de paga, se prepara para asaltar la Línea 12 para construir su ampliación.

En la cena en Palacio Nacional llamaron la atención  los colores arcoíris con que adornaron el recinto para celebrar la ley en Estados Unidos autorizando matrimonios homosexuales. Semanas antes, México se adelantó en tal regulación, pero no hubo festejos, tampoco se desató la euforia por teñirse con tal distintivo. Casos del colonialismo, sin duda.

En la recepción a los monarcas, mientras Letizia, a la que recuerdan con especial afecto en su paso como reportera en Guadalajara, vistió un conjunto casi oficinesco, de falda y chaqueta a juego, mientras la esposa del republicano Enrique Peña Nieto lucía una creación que dijeron era exclusiva, parecida a una pijama con vuelos y tiras que colgaban por cualquier lado. Se veía más reina que la reina.

En uno de los últimos actos, los reyes aceptaron tomarse una fotografía con los propietarios exclusivos de la intelligentzia nacional, la princesa Poniatowska en primer fila con el rector de la UNAM, José Narro Robles, ajonjolí de todos los moles, que firmó un documento para certificar que somos más los hablantes del castellano que de cualquier otra lengua al menos en el mundo occidental. Se celebró como un hecho cultural inédito.

Los monarcas hispanos no aceptaron, precavidos que son, fotografiarse con los legisladores nacionales. Bastante manchados llegaron con los escándalos de la Casa Real y los sainetes protagonizados por políticos ibéricos que como corresponde, se fueron sobre los recursos públicos. Algunos, pocos, han sido enjuiciados y otros sólo cambiaron de adscripción o de partido o de chamba política. Tan parecidos que Felipe y Letizia prefirieron hacerse los occisos.

La visita de los reyes españoles sirvió para olvidar las decenas de tumbas clandestinas recién destapadas en Acapulco, la batalla por territorios michoacanos entre Templarios y Nueva Generación, a los que el virrey Alfredo Castillo dio por borrados del mapa, así como la guerra en Nuevo León, aviso al gobernador electo, y las batallas por ocupar los espacios vacíos dejados por Los Zetas en Tamaulipas.

Las nuevas formas de comunicarnos

Cuando reflexionamos sobre las nuevas maneras de comunicarnos, por lo general buscamos el lado amable, práctico, profesional, político y desde luego social de lo que estas nuevos canales implican. Somos apologistas de los ya no tan nuevos medios en permanente reconfiguración.

Con mucha facilidad dejamos el lado crítico de este fenómeno. O, peor aún, solemos ser implacables con quienes osan ponerlo en tela de juicio. Anacrónicos, pesimistas, rezagados digitales y lindezas parecidas les decimos a los que no cubren su cuota en el absorbente espectro digital: perfil en Facebook, cuenta en Whatsaap, Twitter, Instagram y hasta en una red que nació muerta: Google+. Sumemos a esta hiperconexión redes en las que adolescentes se desenvuelven con más soltura como Snapchat o en la que los profesionales intercambian experiencias de trabajo como Linkedin. Y conste que estoy dejando de lado el anticuado correo electrónico y los mensajes SMS.

Esta proliferación entre maneras de comunicarnos que antes eran exclusivas del teléfono fijo, el servicio postal y el telégrafo que casi nadie usaba, se ha convertido en un hartazgo para muchos de nosotros. Un hartazgo adictivo, debo reconocerlo, porque la omnipresencia digital también tiene sus recompensas.

El lado chocante

En esta ocasión quiero esbozar algunos puntos del lado chocante de la hiperconectividad.

1.—Estar disponible en cualquier momento empieza a dejar de ser opción de libre albedrío. Es mentira que nosotros podamos elegir entre el modo estar conectados y desconectados. Esto es: a mayor variedad de cuentas, mayor demanda de tiempo para atenderlas. El panorama se agrava si entablamos intercambio de archivos, información o simple socialización en cada una de ellas.

2.—Puesto que resulta muy fácil establecer comunicación con otro ser humano hiperconectado, nos volvemos demandantes y hasta impertinentes cuando no obtenemos respuesta inmediata.

3.—La posibilidad de tener uno o más interlocutores al alcance de unos teclazos, nos vuelve obsesivos, pero también sujetos de demanda inmediata. Respuestas como no tenía pila mi celular, no había red, estaba en modo silencioso, no me llegó tu mensaje, son respuestas amables que la mayoría de los casos son pretextos porque sabemos lo fácil que resulta comunicarnos con una persona en nuestros días y lo difícil que es decir no me da la gana contestar a cualquier hora cualquier estúpido (o trascendental) mensaje que me llegue por Messenger de Facebook, Whatsapp, sms o a mis estados de Facebook o de Twitter.

4.—Existe una relación directamente proporcional entre nuestra capacidad de respuesta por todos estos medios y nuestra exigencia para que se nos responda con la celeridad con la que lo hacemos.

5.—En Facebook de pronto descubrimos amigos que tenían alta actividad con bajos perfiles o cerrados temporalmente porque se dan sus vacaciones. Eso es sano y hasta envidiable: ¿alcanzaremos algún día ese nirvana?

6.—También es saludable no tener siempre abiertas las cuentas y mucho menos con esa sinfonía de soniditos que nos indican que nos llegó un mensaje por uno de los tentáculos que conforman nuestro inquieto corpus de conexión con el mundo.

7.—Aunque no es regla fija, algunos de quienes mantienen alta actividad en redes, son huraños o poco sociales fuera del escudo protector de sus aplicaciones por el que mandan fotos comiendo tacos, ubicaciones de un día de compras o selfies al lado del político de moda.

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