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De película

Opinión-colorAhora que está de moda recordar evasiones famosas, vale la pena traer a la memoria a Papillon (Mariposa), es decir, a Henri Charrière (1906-1973) quien fue acusado falsamente de haber asesinado a Roland le Petit. Fue enviado a la isla del Diablo, en la Guyana Francesa. Tras ocho intentos fallidos por alcanzar su libertad, finalmente logró llegar a Venezuela en 1945 donde se casó con Rita Alcover y adquirió la carta de naturalización en 1956. En 1967 prescribió su causa y pudo regresar a Francia. Dejó constancia de su dramática aventura en un libro autobiográfico. Su caso se hizo famoso y se llevó, en 1973, al cine. La película fue protagonizada por Dustin Hoffman.

Otra evasión famosa fue la de Clarence Anglin y Frank Morris quienes, al parecer, fueron los únicos que lograron escapar exitosamente de la cárcel de Alcatraz situada en la bahía de San Francisco. La fuga de Anglin y Morris ocurrió la noche del 11 de junio de 1962. Estos reclusos elaboraron, pacientemente, figuras de papel maché parecidas a ellos. Para ganar tiempo, las dejaron en sus camastros simulando que estaban dormidos. También hicieron, artesanalmente, botes inflables y salieron de sus celdas por pasadizos intrincados de los edificios del reclusorio hasta alcanzar el borde de la isla-prisión. Sus peripecias, como la de Papillon, fueron llevadas a la pantalla. La película se estrenó en 1979, protagonizada por Clint Eastwood.

Pero hay un personaje no de ficción, sino real, que vale la pena traer a colación y a quien históricamente se conoce como “el Rey de la evasión”, Francois Eugène Vidocq (1775-1857). Fue el ladrón más escurridizo durante dos décadas en Francia. Entraba y salía con gran facilidad de las cárceles. Usaba toda clase de artilugios para lograr sus propósitos. No obstante, un buen día decidió cambiar de vida. Fue a ver al jefe de la Policía, Dubois y se puso a su servicio. Lo primero que le dijo Vidocq a Dubois fue que, para vencer a los bandidos, los defensores de la ley debían pensar no como policías, sino como lo hacían los delincuentes. Víctor Hugo, Honorato de Balzac, Alejandro Dumas y Edgar Allan Poe se inspiraron en Vidocq para escribir algunos de sus cuentos y novelas.

Vengamos ahora a lo que está pasando en México con la fuga de Joaquín El Chapo Guzmán. Es evidente que se subestimó su ingenio, así como su capacidad operativa. Se pensó que con tenerlo a buen resguardo en Almoloya era suficiente. No obstante, como bien dijo sir Arthur Conan Doyle, lo que un hombre inventa, otro lo puede descifrar. Nunca debe descartarse la falibilidad.

La primera reacción social ha sido de sorpresa e incluso admiración. Comprensible, pero no justificable. El Chapo se ha convertido en un héroe popular. Fue capaz de burlar dos veces los sistemas de seguridad más sofisticados, sea con dinero, sea ingenio. Sorprende la forma en que sus cómplices lograron construir un túnel de 19 metros de profundidad y un kilómetro y medio de largo. Una escapatoria peliculesca. Todo esto demuestra, al mismo tiempo, inteligencia y poder. Sí, pero algo anda mal entre nosotros cuando un criminal se convierte en héroe del pueblo, periodistas, editorialistas, comentaristas e intelectuales, para usarlo como ariete contra la autoridad pública. Paladín instantáneo. En efecto, la fuga del Chapo ha dividido peligrosamente al gobierno y a la sociedad. Situación propicia para que los grupos delictivos sigan haciendo de las suyas, es decir, para que avance la barbarie a expensas de la civilización.

Cabe preguntar ¿Qué no podemos proceder al revés? Es decir, ¿en vez de admirar el ingenio y la creatividad de un pillo, echar a andar el ingenio y la creatividad colectiva para que impere la ley? Si es así lo primero que debíamos reconocer es que, efectivamente, esta evasión significa un desafío no sólo para el Estado, sino también para la sociedad.

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