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De estilo neoliberal

 

Opinión-colorErick Zúñiga

El temperamento apacible y afectuoso del papa Francisco sufrió un cambio repentino cuando en el Estadio Venustiano Carranza de Morelia un joven lo jaloneó y casi lo hizo caer sobre un niño en silla de ruedas. Visiblemente molesto, el Papa Bergoglio reaccionó diciéndole “no seas egoísta.” Es decir, el Sumo Pontífice respondió como cualquier ser humano.

No se puede ser condescendiente con quien actúa de mala manera. Hay límites. Queda como ejemplo de que la paciencia tiene un “hasta aquí”, aquel pasaje de los Evangelios que narra lo siguiente: “La Pascua de los judíos estaba próxima y Jesús subió a Jerusalén. En el templo encontró a los mercaderes de bueyes, ovejas y de palomas, y a los cambistas sentados en sus mesas comerciando. Haciendo un azote de cuerdas, arrojó del templo a todos, con las ovejas y bueyes, desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas, diciéndoles quitad eso de aquí; no hagáis de la casa de mi Padre un mercado.” (Juan, 2: 13-15). Si hasta al Hijo de Dios lo sacaron de quicio los excesos de los badulaques, pues con mucha mayor razón al papa.

Mostrar la cara humana de las figuras encumbradas no las demerita; al contrario, las hace más cercanas al común de los mortales. El enojo frente a hechos aberrantes muestra el compromiso con ciertos principios éticos que deben ser defendidos en cualquier circunstancia. El Papa ha dado muestra de ser particularmente adverso al egoísmo.

No por casualidad el Obispo de Roma seleccionó para su primer discurso en México la referencia a ese problema como generador de grandes males sociales: “Cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano, la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte.

El blanco polémico del Santo Padre, sin lugar a dudas, es el neoliberalismo que pone en el centro de sus postulados filosóficos al hombre como “egoísta racional”. Según este planteamiento, al ser humano lo mueve el criterio de utilidad: maximizar las ganancias y minimizar las pérdidas. La racionalidad de una acción se mide, pues, según el criterio del lucro; el cálculo de conveniencia individual. La pauta del costo-beneficio es lo que orienta el comportamiento de las personas. El mercado es la sede natural en la que se confrontan los diversos intereses individuales. En consecuencia, el mercado es el gran adjudicador de premios y castigos para los agentes que participan libremente en él. Cualquier intervención, sea del Estado, sea de criterios altruistas, se considera indebida en virtud de que obstruiría la sana concurrencia y alteraría la pauta final decisoria acerca de quiénes son los ganadores y los perdedores de la contienda económica.

No es necesario extenderse mucho para entender que el neoliberalismo es el dogma que ha predominado a lo largo de las últimas décadas como fundamento de la política económica en México. Y esa línea de pensamiento ha llevado a una gran polarización social que ha beneficiado a unos pocos en detrimento del bien de todos. El papa Bergoglio ubicó muy bien el origen del mal y sus diversas expresiones: el egoísmo, el individualismo y el privilegio producen la marginación social y la violencia.

La referencia al neoliberalismo en ese primer discurso no fue una ocurrencia pasajera. La crítica al egoísmo, el individualismo y a la lógica del mercado ha sido una constante en la vida pastoral de este líder religioso.

Por ejemplo, en Cerdeña, en el día del trabajo aseguró que el neoliberalismo llevó a la crisis actual que enfrentan muchos países. Allí dijo que hoy en día “vivimos las consecuencias de una decisión mundial: de un sistema económico que lleva a esta tragedia. Un sistema económico que tiene al centro un ídolo que se llama dinero.”

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

La realidad carcelaria

Católicos apostólicos romanos, marxistas guadalupanos, liberales, neoliberales, marcianos, apocalípticos e integrados son testigos de que las cárceles en nuestro país son noticia permanente en los medios de información. Un día se escapa un delincuente por un túnel al estilo del personaje del videojuego de Mario Bros —y es recapturado meses después—, otro día se montan presuntas pruebas de una diputada federal haciendo visitas conyugales a ese mismo narcotraficante, poco después, casi 50 prisioneros en Topo Chico se matan en el marco de un sangriento motín ante la incapacidad de un gobernador ciudadano que argumenta que no es su responsabilidad, porque tiene menos de 100 días en el ejercicio del poder —aplausos a su inteligencia—, y días después el máximo líder de la Iglesia Católica prefiere visitar a 700 internos del Cereso 3 en Ciudad Juárez —y comunicarse a más de 400 prisiones en Estados Unidos y México—, en lugar de escuchar a un grupo de intelectuales orgánicos en el Auditorio Nacional. A todo esto, cabe preguntarse ¿para qué sirven las cárceles? Pero mejor vamos por partes:

“La cárcel en México ¿Para qué?”. Una investigación de México Evalúa, que dirige Edna Jaime, concluye que el sistema penitenciario mexicano tiene problemas de fondo debido a que las administraciones gubernamentales se han centrado en la ampliación de la capacidad instalada. Esto es, se construyeron más celdas para más internos sin reparar nunca en una pregunta esencial: la cárcel, ¿para qué?, ¿para quién?

¿Cuál es el propósito? De acuerdo con Jeremy Bentham, la rehabilitación se centra en la eliminación del deseo de delinquir. En México, la justificación constitucional de la cárcel ha cambiado. Entre 1917 y 1965 el objetivo fue la “regeneración”; entre 1965 y 2008 fue la “readaptación social del delincuente”, en 2008 el propósito es buscar la “reinserción social del sentenciado”, en 2011 se incorporó el respeto a los derechos humanos.

Realidad. Las condiciones de vida al interior de los penales, en vez de permitir la reinserción de los sentenciados a la sociedad, favorecen la contaminación criminógena. Existen más de 242 mil 754 internos en las cárceles (equivalente a la mitad de la población en Iztapalapa), en un espacio diseñado para un máximo de 195 mil 278 (poco más que los habitantes de Cuajimalpa). Ello significa que el porcentaje de sobrepoblación es de 124.3% (más del doble de su capacidad). Las entidades federativas que presentan mayores índices de sobrepoblación son: Nayarit, la Ciudad de México, Jalisco y el Estado de México que llegan a más de 170%.

¿Qué delitos se purgan en la cárcel? De acuerdo con el INEGI, 42.9% de los internos fueron acusados o condenados por robo. El tipo de delito por el que hay más gente en prisión es el robo a casa habitación, con 8.4% , 17.3% por delitos del fuero común que han sido procesados o sancionados por homicidio; 11.8% por delitos sexuales; 6.3% por delitos patrimoniales; y 5.8% por privación ilegal de la libertad.

Decía Nelson Mandela que “nadie conoce realmente una nación hasta que ha entrado en sus prisiones”. El mensaje del Papa Francisco esta semana en Ciudad Juárez hace pensar en si el modelo carcelario soluciona los problemas. “El problema de la seguridad no se agota solamente encarcelando, sino que es un llamado a intervenir afrontando las causas estructurales y culturales de la inseguridad, que afecten a todo el entramado social”. Las imágenes de los presos y los invitados al evento mostraron el contraste de la libertad. Mientras unos usaban sus teléfonos para obtener fotografías, otros se conformaron con grabar con sus ojos las imágenes.

México Evalúa concluye diciendo: ¿Para qué sirven nuestras cárceles si castigamos de la misma forma a personas que cometen un robo sin violencia que a las que cometen un homicidio doloso? Es tiempo de transformar la realidad de la cárcel en México.

Escenario de terror

Con el papa Francisco en el Vaticano, recuperándose de su alucinante periplo mexicano, que desde mi punto de vista fue un éxito, a nosotros toca enfrentarnos a la realidad de los recortes al presupuesto, o como le dicen ahora para que no suene tan feo, a los “ajustes preventivos”.

Atrás quedaron rezos, sermones, regaños y el reparto a granel de bendiciones, que a nadie le caen mal. De regreso al día a día, es el turno de las intervenciones discrecionales directas del Banco de México en el mercado para sostener al peso.

Tal vez haya por ahí algún economista que nos explique lo que Agustín Carstens quiso decir. Me parece que fue una forma de colocarnos frente la versión 2016 de algo que los mexicanos conocemos de memoria: apretarnos el cinturón, hacer más con menos, echarle ganas que ya vendrán tiempos mejores, aunque a los integrantes de mi generación no le toque verlos. Eso sí, cada recorte achica las posibilidades de que algún integrante del gabinete económico llegue con cierta vitalidad al 2018. Se desgastan hora tras hora. Se ven exhaustos. Lo están.

La entidad más afectada por los recortes, pero no la única, será Pemex. La paraestatal, otrora símbolo del despilfarro nacional, hoy anda con una mano adelante y otra atrás, ocultando sus miserias. Cómo olvidar los carros de lujo, los relojes fantásticos, las fotos de la vacación en Dubái de la casta sindical privilegiada. Pemex fue un botín. Un barril de recursos sin fondo. Hoy está en calidad de desahuciado.

Si usted ve por ahí, en alguna modesta fonda, a los líderes del sindicato comiendo arroz con huevo estrellado, ya sabe la razón: los recortaron. Queda claro, por si alguien estaba preocupado, por qué Emilio Lozoya pidió esquina y se bajó del aparato gubernamental. Prefirió que José Antonio González sea quien prepare los santos oleos de la empresa paraestatal.

En este escenario de terror cabe una pregunta: ¿Nos servirá de algo la vista del Papa para lo que nos espera en el resto del año? Desde mi punto de vista puede ayudar mucho. El Papa desplegó un esfuerzo físico supremo y tocó con sensibilidad y lucidez los principales problemas del país. Pero no vino a resolverlos. Vino a restregárnoslos. No hay atajos divinos. Si queremos vencer corrupción, violencia y desigualdad social lo tendremos que hacer nosotros, acaso inspirados en los dichos del Papa, pero nosotros. A rezar y sudar la camiseta.

Ahora que lo pienso tal vez sí el Papa nos ayude. El mensaje central de su visita lo dijo de manera espontánea, iracundo, frente a un gandallita que se quiso pasar de listo, le gritó: “ no seas egoísta” Tal vez si le hacemos caso, si somos solidarios y generosos saldremos del atolladero. Comenzando por los políticos y empresarios que tan devotos se portaron durante la visita del Papa. Pronto veremos si fueron sinceros o hipócritas y con la foto del Papa colgando de alguna pared de sus oficinas vuelven a las andadas. Si hay solidaridad hay una oportunidad, pequeña pero existe, de emerger. Si somos envidiosos más vale que Dios nos agarre confesados.

De regreso a la realidad

El papa Francisco se ha ido y el país vuelve a la atroz normalidad. Pero las huellas de su paso serán imborrables para creyentes y agnósticos. Pusieron en evidencia el nuevo México, el del neoliberalismo y el demencial dominio del sistema mexicano sobre la sociedad. Ya no hay Estado laico, los políticos carecen de valores y decencia, tampoco tienen ideología, únicamente los valores del pragmatismo que los lleva a seguir a cualquiera que les dé reconocimiento, dudosa fama y dinero. Los mexicanos se comportan como una sociedad ávida de emociones materiales, carente de espiritualidad. Su catolicismo es de selfies, gritos y ruegos personales. Finalmente, a falta de espacio, sólo podemos hacer notar que no avanza, retrocede y pierde valores por los que muchas generaciones de mexicanos brillantes dieron una lucha titánica.

El Papa entre los mexicanos es una suerte de objeto sagrado al que se le piden favores y bendiciones y les regresan conductas sórdidas. Hasta políticos y narcotraficantes le pidieron una señal salvadora de Dios. Sus palabras estuvieron bien, es posible utilizarlas en cualquier mitin callejero. Los hipócritas están en cualquier partido, al fin quedó claro que son una falacia.

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