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Corrupción a tope

 

OpiniónComo cada año, Transparency International ha dado a conocer el Índice Internacional de Percepción de la Corrupción en el que se muestra la forma en que la población y los sectores productivos de cada país opinan sobre el grado en que prácticas corruptas están o no insertas en la vida cotidiana y en las operaciones regulares de familias, empresas y organizaciones de todo tipo.

Como es sabido, el índice goza de gran aceptación como un indicador subjetivo de los niveles de corrupción que prevalecen en cada región del mundo y sirve como referencia para explicar otros muchos fenómenos: pobreza, ineficiencia económica, cobertura insuficiente de servicios, entre muchos otros.

Como ya es habitual, la calificación de México resultó desastrosa y poco razonable desde cualquier perspectiva o punto de vista. Nominalmente, la calificación fue de 35 puntos (sobre un total de 100), igual a la de 2014 y un punto por arriba de las de 2012 y 2013. En términos relativos, el país ocupó el lugar 95 de un total de 167.

De ese conjunto, sólo 35 países tienen calificaciones de 60 o más puntos positivos. El resto —comenzando por España— puntúan por debajo de los 59. En América latina, los países mejor posicionados son Uruguay, en el lugar 21 con 74 puntos, y Chile en el 23 y con 70 puntos. Venezuela, la populista, se ubica en el lugar 158 con tan sólo 17 puntos.

Más allá de necesario escarnio y de los airados reclamos que deben hacerse a todos los gobiernos mexicanos, comenzando por el del presidente Peña Nieto que ofreció como promesa de campaña un combate frontal al fenómeno, resulta un tanto pertinente preguntarnos qué tanto es atacable este problema que, vistas las evidencias, no parece que vaya a desparecer de forma sencilla.

A lo que me refiero es a establecer una medida social mínima que indique si de verdad queremos terminar con las prácticas que permiten que pueblos enteros, no se diga familias o empresas, gocen de ciertos beneficios, privilegios y recursos. A final de cuentas, la corrupción es siempre una historia que involucra a unos cuantos en ciertas circunstancias.

Ello no niega los terribles y muy perversos efectos que la corrupción genera en el medio y en el largo plazo. Pero para que estos efectos dejen de sentirse, es inevitable que primero se anule lo que ocurre en el plazo más inmediato, en la cotidianeidad de las personas y las organizaciones de todo tipo.

Luego entonces, la pregunta a hacer es ¿en verdad queremos acabar con la corrupción? O sólo queremos que no exista mientras no nos beneficie. Y esto lo digo no como una ocurrencia, sino a partir de las sólidas evidencias que el Colectivo Yo Contra la Corrupción ha venido integrando respecto a que, como si fuera una especie de credo infalible, una gran proporción de individuos acepta que, si tuviera la oportunidad, cometería actos de corrupción para beneficiar a su familia o simplemente para guardar dinero o influencias para épocas de escasez.

Las consecuencias sociales e institucionales de este reconocimiento no son tan graves o escandalosas como podría pensarse. En realidad, lo único que implican es que lo que tendría que ser la corrupción no es una campaña agresiva y brutal contra los supuestos círculos o redes de corrupción que aisladamente afectan el desarrollo de la sociedad. Esto es poco realista.

Si la definición del Combate a la Corrupción se apegara estrictamente a lo que los ciudadanos más íntimamente pensamos, no sería más que un conjunto de medidas tendientes a evitar que los actos interesados y contrarios a la legalidad no rebasaran un cierto nivel, el nivel de lo aceptable.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

El nuevo choque de poderes

El recién iniciado combate de los llamados “independientes” o ciudadanos se ha acelerado (no nacido) con el éxito de El Bronco en Nuevo León, un ex priista de lenguaje semejante al del Fox retador que fue, en tanto candidato presidencial, dicharachero y aguerrido. Su triunfo ha causado una nueva enfermedad: la ambición desmedida por alcanzar el poder. Cualquiera puede llegar a gobernador o a la Presidencia de la República. Claro, sólo basta tener muchos recursos económicos, dosis de audacia, capacidades de charlatán y listo: el escenario es para ellos, los reflectores de medios poco analíticos ya los siguen, son noticia en medio de las estupideces y la intensa corrupción que nos brindan los partidos políticos.

Ahora Pedro Ferriz de Con aparece y luego de dar por concluida su etapa de “comunicador” se metamorfosea en “político independiente”. Comienza, por su propia experiencia mediática, de modo espectacular y utiliza a sus amigos y colegas para declarar que será candidato presidencial en 2018. Para tal efecto ya platicó con todos los independientes del país e independientemente de llegar a un acuerdo, para ver quién o quiénes tendrán el derecho a luchar por la Silla del Águila.

Lo que actualmente vemos es el “destape” de muchos que desean ser gobernadores y que, ya lejos de sus cunas, desean seguir dentro del erario. La lista se extiende y se extiende. Cada día recibimos nuevos nombres para cada estado, para cada distrito. Pero lo que le resta valor a la mayoría de los “independientes” son sus trayectorias, casi ninguno ha sido realmente ajeno a la política partidista. Dicho en otros términos, no son ciudadanos, son militantes de diversos partidos, principalmente del PRI (partido madre y padre de todos) o, en el mejor de los casos han sido beneficiarios del sistema y no desean, por ejemplo, volver a la cátedra o poner un despacho de economistas o de abogados. No, quieren (porque conocen las infinitas cabezas de la corrupción) llegar a los cargos y poner distancia con las tareas que los ciudadanos llevan a cabo y que en general dejan pocas posibilidades al poder y enriquecimiento.

Todos los que aspiran al poder provienen de muchas formas del propio aparato administrativo o tuvieron vínculos con dicha maquinaria. No hay uno solo que pueda decir, he sido simplemente un ciudadano ejemplar y deseo que todo México mejore, supere sus graves problemas. Los programas que presentan son simples ideas, propuestas que cualquiera puede tener. No hay un ambicioso y serio proyecto político para acceder al poder.

Pero hablemos de las dificultades para llevar a cabo una campaña de proporciones nacionales. Si se trata de un estado, bueno, hay amigos adinerados que pueden invertir en un “negocio” audaz y que sin duda los compensará. Pero acceder a Los Pinos es diferente. Para dar una pelea decorosa contra los partidos en la lucha presidencial, se necesita un gran aparato, miles de personas que en cada punto del país hagan campaña, dinero para publicidad, para aparecer en los medios, para montar espectaculares en las carreteras más remotas, promover sus imágenes apenas conocidas en los estadios y en los medios electrónicos que son costosos. ¿De dónde va a salir tanto dinero? ¿Del bolsillo del aspirante ciudadano? Es verdad que de principio cuentan ya con puntos a su favor, la inmensa mayoría de los mexicanos están hartos de los partidos políticos, desde el PRI hasta sus diferentes creaturas: PAN, PRD, Morena, Verde Ecologista… Algo más, los partidos están formados de cuadros profesionales y militantes experimentados, respaldados por recursos que la propia sociedad les concede dizque para estimular el proceso democrático. ¿El INE tendrá una partida para los independientes o ajenos a los partidos, formados para colmo dentro de esos organismos perversos? Las reglas legales no están preparadas para aceptar a personas que se califican a sí mismos como independientes o ciudadanos, por lo que tienen en esto más dificultades que respaldos.

Incertidumbre económica

Como si el país no estuviera ya muy abrumado por la corrupción, la impunidad y la inseguridad, este 2016 empieza con un panorama económico marcado por la sombra de la incertidumbre. El dólar sigue imparable su marcha ascendente y el precio del petróleo está a niveles mínimos, afectando no sólo a las finanzas públicas nacionales, sino a las expectativas del exterior sobre el futuro de nuestra economía.

La respuesta del gobierno ha sido tratar de convencer a los inversionistas de que los “fundamentales” de la economía son robustos y que el problema no es precisamente interno, sino que obedece a ajenos al gobierno. Se trata de algo así como: “Estamos mal, pero no es nuestra culpa, es culpa de lo que pasa al otro lado del mundo”. Si todo es externo entonces no hay para qué pedir explicaciones.

Es cierto en parte, que los “fundamentales” de la economía son robustos, pero es así porque durante muchos años previos al 2013, la economía se manejó con prudencia y con técnicos. De ahí que en 2012 estuviéramos creciendo a tasas mayores a las de los siguientes años, con un tipo de cambio estable y unas finanzas públicas dentro de parámetros saludables.

Complejidades

Pero la historia en los últimos años ha sido muy diferente. La falta de pericia técnica detuvo el gasto presupuestario y la eficacia del mismo; la reforma fiscal detuvo el trabajo y la inversión. Sin embargo, a partir de entonces, el déficit público ha venido aumentado innecesariamente, afectando la reputación global de las finanzas mexicanas. La impericia, pero sobre todo la red de intereses particulares afectó enormemente el gasto de inversión, particularmente el del sector de la construcción en 2013. Eso no sólo frenó la economía, sino que dañó a las mejores empresas de México. Por supuesto que la corrupción fue el factor que más ha afectado el crecimiento.

Segundo, cuando la inversión del gobierno baja, en este caso por mala ejecución, lo que puede compensarla es la inversión privada. Pero el gobierno decidió hacer lo contrario con la reforma fiscal de 2013, que no permitió crecer y sólo logró recaudar inmediatamente. Hoy se dice que se irán “contra los médicos que no pagan impuestos en sus consultas de mil 500 pesos”. La economía global se frena, sí, pero México ha perdido capacidad de maniobra para actuar de manera contracíclica y no existe un plan para ello a fin de reactivar la economía.

Tercero, se extrae el dinero pero no se generan condiciones de honestidad para las empresas. Los grandes proyectos de infraestructura anunciados al inicio de la administración se han detenido ante escándalos de corrupción. El gasto se está orientando con criterios políticos y se ha concentrado en el gasto operativo, es decir, sueldos y prestaciones de quienes trabajan en el gobierno y no en inversión que ayude a la economía. Y la falta de Estado de derecho sigue pesando como el principal lastre para la competitividad del país. La corrupción es el peor negocio.

Y cuarto, el gobierno se está endeudando mucho y muy rápido. De acuerdo con el centro de análisis México Evalúa, en los últimos tres años, la deuda ha aumentado 10 puntos del PIB. Y todavía encuentran mecanismos para no llamar deuda lo que es deuda. Por ejemplo, los “bonos de infraestructura educativa”, una deuda verdadera, por más que no se reconozca formalmente.

En suma, el país enfrenta una situación internacional compleja, sí. No hay duda. Sin embargo, si México fuera una familia, lo que estaríamos viendo es a un padre o madre que en vez de reparar las goteras de la casa, pagar las colegiaturas atrasadas, llevar al taller el coche y arreglar de una buena vez la instalación eléctrica y de gas, pone la tarjeta de crédito a tope para pagarse un buen viaje en primera clase a París. Y cuando le preguntamos ¿por qué está haciendo eso?, nos contesta que algunos vecinos están haciendo lo mismo.

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