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Conocer la historia para hacer historia

Opinión-colorErick Zúñiga

Para explorar el futuro de la relación entre ciencias sociales y políticas públicas en México no hay nada más aleccionador que la historia. Una administración pública efectiva (que cambia la realidad en el sentido deseado) y eficiente (que lo hace con los recursos mínimos necesarios para cumplir con su fin), requiere de las ciencias sociales. Pero exactamente cómo lo hace, con qué tipo de relación técnica, política y cultural con las ciencias sociales, y con qué fines “de Estado” (cambiar la sociedad para liberarla, dominación burocrática, apoyo a la acumulación, “inteligencia” política, reproducción de la maquinaria estatal) es algo profundamente debatible. Y más aún si se exploran las estructuras de poder y dominación comparativamente pequeñas (por contraste con las políticas o las económicas) del mundo académico.

Las visiones que han guiado la producción de conocimiento académico para influir en la acción del Estado —o para servirle— han sido motivo de apertura y cierre de instituciones y asociaciones, de deportación o exilio, de modificación de subsidios, y explican los poderes unitarios-autoritarios o plurales que dominan en mayor o menor medida sobre distintas ciencias sociales en distintos puntos del tiempo. Como lo afirma Aguilar en este volumen, dichas visiones y dicha relación alteran también la producción de conocimiento social.

Se corre un escaso o nulo riesgo de exagerar al decir que hay en México diferencias importantes en las ciencias sociales entre las distintas comprensiones de la relación entre conocimiento social (político, cultural) y Estado, encarnado en la discusión entre ciencias sociales y políticas públicas. A partir de la reconstrucción iniciada en 1920 y hasta los años setenta, en México se planea, establece y dirige un modelo de política pública en estrecha consonancia con un modelo de conocimiento social. Pero ese periodo ya no existe, y la relación actual es bastante más compleja.

Al terminar el conflicto armado revolucionario, un pequeño conjunto de jóvenes intelectuales, profesionales de leyes, antropología, medicina y sociología colaboran entre sí y con la Secretaría de Instrucción (después Educación) Pública para refundar la Universidad Nacional, reunir en ella diversas escuelas existentes, y crear en su seno un instituto que produjera, reuniera y sintetizara el conocimiento de los problemas nacionales.

El Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional fue creado en 1930. El periodo 1930–39 fue de penuria económica y su contribución institucional aldesarrollo de México ha sido prácticamente olvidada. Pero a partir de 1938-39 esta institución, junto con otras facultades de la UNAM (en particular derecho y economía), el Instituto Nacional de Antropología e Historia, la Casa de España en México y un manojo de otras instituciones capitaneadas por una elite académico–política aún más restringida, persistente y autoritaria, definió los principales problemas nacionales e influyó decisivamente en la creación o reestructuración de instituciones estatales, para superarlos y lograr el desarrollo del país.

En suma, desde fines de los años veinte del siglo pasado hasta algún momento de los años sesenta, la relación entre ciencias sociales y política pública fue explícitamente orientada por esta elite que gobernó, tanto las secretarías como los institutos, y que en ambos tipos de institución dirigió el sentido del conocimiento. En ese periodo las ciencias sociales no informaron al Estado para que el Estado decidiera: lo educaron, lo orientaron, y se hicieron cargo de los programas e institutos que debían desarrollar al país. No era aceptable cuestionar el contenido valorativo del conocimiento, aunque sí lo era el valor específico de un problema o de una política. Sin embargo, el debate era aceptable solo en círculos relativamente estrechos.

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