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Concluyó

Opinión-colorErick Zúñiga 

En unas semanas, Chiapas volverá a ser convocada a votar por una de esas cosas que sólo pueden ocurrir allá y que sólo le consentirían al gobernador Manuel Velasco, que muchos ven todavía como el delfín de Enrique Peña.

Dejando de lado a Javier Rodríguez, gobernador electo de Nuevo León, hay  muchas novedades que merecen atención y dan mucho qué pensar. Una de las primeras perlas de la elección viene de Chiapas. Mientras que en todo México el promedio de votos para el Partido Verde fue de poco más de 7 por ciento, en Chiapas fue 45 por ciento. Comportamiento anómalo, que mueve a sospecha y que incluso ha causado el enojo de los priistas chiapanecos que toman alcaldías como para conjurar su derrota en la mini-elección de julio de este año.

En el DF ocurrió otra anomalía estadística. Morena, que a escala nacional tuvo  8.5 por ciento de la votación, en la capital logró poco más de 24 por ciento. Morena se enfrentó al aparato del gobierno de la capital y capitalizó el descontento por la corrupción y el Doble Hoy No Circula que, entre otras cosas, pulverizó los ahorros de miles que habían comprado vehículos usados para viajar en una ciudad en la que el transporte público es caro y está afectado por el escándalo, aparentemente sin fin, de la Línea 12 y los accidentes y el mal servicio en las otras líneas del Sistema de Transporte Colectivo.

El PRD, que le apostaba a ganar Michoacán y Guerrero y crear, de esa manera, una especie de media luna amarilla que integrara al DF y Morelos, deberá repensar muy bien qué hará de aquí en adelante.

Además de perder Guerrero, en Cuernavaca, la capital de Morelos, sufrieron una dolorosa derrota a manos de Cuauhtémoc Blanco. La derrota es doblemente dolorosa porque el candidato del PRD, Jorge Messeguer, era uno de los colaboradores más cercanos de Graco Ramírez y era visto como su posible sucesor.

El voto por el futbolista, disparatado y potencialmente desatinado en el futuro, debería ser visto como un mensaje a los políticos de los tres principales partidos que, soberbios e incapaces de resolver problemas básicos, han sido relegados por los electores.

El PAN está sumido en una dolorosa guerra intestina. Felipe Calderón quiere presentar los resultados de la elección como un fracaso de Gustavo Madero. Y no es que Madero esté libre de toda responsabilidad, pero la crisis del PAN inició antes, en 2009, cuando Calderón era presidente y desestimaba a cualquiera que le hablara del costo que tendría la guerra contra el narco que, en ese momento, cumplía ya tres años.

Quienes se sacaron la rifa del tigre fueron los priistas. Andan orondos por haberle ganado Sonora al PAN, pero incluso los más curtidos admiten que en Guerrero no saben qué hacer. Capitalizaron el descontento por el papel del PRD en la crisis que implicó la muerte de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, pero nadie sabe qué harán para resolver las causas estructurales de la violencia.

Los programas de desarrollo, que deberían servir para remediar esos problemas, construyen casas con baños que no sirven e insisten en profundizar, en lugar de aliviar, la dependencia alimentaria de miles de familias. Nadie sabe qué harán, por ejemplo, en Iguala para devolver la paz a esa ciudad y mucho menos cómo combatirán, en serio, la escalada en la producción de enervantes que van de la mano de la violencia en aquel estado.

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