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Conciencia mundial

 

Opinión-colorErick Zúñiga

Me parece que el resultado más importante de la Cumbre sobre el Cambio Climático, que acaba de realizarse en París, es la notable transformación en la conciencia mundial acerca de los peligros que genera sobre el planeta la contaminación causada por la actividad humana.

La conciencia de los males asociados a un desarrollo ciego ante la depredación del medio ambiente fue apareciendo poco a poco, porque se fueron juntando las evidencias científicas. La contaminación del aire en las ciudades, el envenenamiento de los ríos y otros mantos acuíferos y la desforestación, con efectos terribles sobre la producción agrícola, fueron signos de que teníamos que fijarnos en las consecuencias de los actos económicos, si queríamos preservar los recursos naturales, que eran explotados de manera tan irracional. Entendimos que había una cosa llamada biosfera, y que había que cuidarla. Luego vendrían problemas mayores.

La destrucción de la capa de ozono y el cambio climático son un hecho, y la mayoría de los científicos lo atribuye a procesos ligados a la economía moderna, basada en la energía fósil.

Pero una cosa es entenderlo (lo que ha sido el gran cambio de París, respecto a la cumbre precedente, de Kyoto) y otra –muy diferente– es actuar. Las condiciones estructurales de la economía mundial no suelen dar para ello. Si atendemos la lógica del mercado –aún haciendo que los mayores contaminadores paguen por las “externalidades”–, el resultado no puede ser sino el que tenemos: una producción de gases de efecto invernadero que roza la casi inimaginable cantidad de 50 mil millones de toneladas por año.

Esto obliga a repensar los modelos económicos, en muchos sentidos. El primero, el más obvio, y el que trató la cumbre parisina, se refiere a la necesidad de ir sustituyendo la tecnología que depende de la energía fósil con otras, basadas en fuentes renovables de energía. Según los cálculos, si avanzamos lo suficiente como para que, a partir del 2050, ya no crezca la producción de gases de efecto invernadero, se habrá cumplido con el cometido.

El problema es que, según la lógica de mercado, esto no puede ocurrir sino hasta que los precios relativos de los diferentes tipos de energía así lo determinen. Ahí es donde deben entrar las políticas públicas, pero no como meros paliativos, en los que se generan bonos para pagar externalidades, sino para generar una nueva relación estructural, a favor de las energías limpias.

No será un proceso sencillo y, aunque el año 2050 hoy nos puede parecer lejano, en términos de las reconversiones que urge hacer, está a la vuelta de la esquina.

Un segundo problema, más de fondo, tiene que ver con los ritmos de crecimiento, algo que sabemos está en la preocupación central de todo gobierno y todo manejo económico. La demanda de sustentabilidad señala límites al crecimiento para que no termine convirtiéndose en un bumerang contra la economía misma. Estos límites son cada vez más estrechos, y no falta quien maneje la idea de que estamos acercándonos al momento en el que el freno a la pérdida de los ecosistemas equivale a un freno total al crecimiento.

De ahí la necesidad de tres cosas: un reacomodo internacional (en los acuerdos de París hay apenas barruntos de ello) que cargue más la mano en las economías que más destruyen la biosfera; una revisión del tema de la desigualdad en la distribución del ingreso a nivel nacional e internacional, que coadyuve a un uso más racional de la energía y políticas asociadas a evitar que esta desigualdad sea mayor al crecer las economías por debajo de sus índices históricos. Un reto mayúsculo.

Los acuerdos de París son un avance –el mundo ya no piensa que el cemento es símbolo de progreso, modernidad y belleza-, pero principalmente porque significan una toma de conciencia mundial. Al no haber sanciones contra las naciones que incumplan sus objetivos sobre emisiones, dejan la puerta abierta para que varios agachen la cabeza y digan: “lo siento, pero las necesidades económicas de la población me obligaron a no cumplir”.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

Influir y transformar

Leí hace unos días que la vida pone a todos en su sitio, especialmente a los soberbios, por ello el hacer este artículo me lleva a reflexionar sobre la necesidad de la búsqueda de la serenidad, del autocontrol y la felicidad, que no lejano al contenido que manejo en cada uno de mis artículos; impera en mí la necesidad de la búsqueda profunda del valor que como seres humanos tenemos, que hemos olvidado, o simplemente guardamos en nuestro interior porque aún estamos despertando, seguimos somnolientos o entramos a la dinámica de la propia actividad profesional.

El orgullo y los halagos con mayor frecuencia nublan nuestra razón y nos volvemos vulnerables cuando somos manipulados por el odio, el dolor, la envidia o la ignorancia.

La soberbia es aquella parte de nosotros mismos que se interpone en el camino de nuestra conexión con nuestro interior, la gran posibilidad de buscar la felicidad, la paz y la responsabilidad auténtica de una construcción colectiva a favor de muchos, pero principalmente de uno mismo; si le quitamos el control al ego, a la soberbia y te digan primero en suaves susurros y después a gritos emocionales que no tienes el derecho a la posibilidad de ser feliz, de luchar, de defenderte; se les olvida que es una decisión emitida únicamente por nosotros y que podemos aspirar sin sufrimiento a ignorar conscientemente sus demandas para poder recibir de la lucha individual una respuesta colectiva, pues no importa cuánto has caído, siempre, y digo siempre; tendrás el poder de cambiarlo todo.

El mal reside en cada uno de nosotros nos instiga, atemoriza, amenaza y nos debilita, ése podría ser nuestro fin únicamente si somos débiles, sólo en ese caso entonces merecemos la derrota y no por equivocarnos o a veces suponer estar vencidos, sino porque permitimos que siga susurrándonos al oído palabras que ignoramos como preocupación, miedo, decepción, culpa, y entonces sólo entonces al menospreciar la fuerza del enemigo: la altanería y la soberbia quienes cobran un precio excesivamente caro ganan la partida.

Las leyes tienen un espíritu que va más allá de las palabras, de las normas establecidas y las mismas se encuentran en el Universo, en la Tierra y en los hombres.

¿Pero de qué sirven las leyes mismas si aquellos que las hacen respetan sólo algunas y no todas ellas sin importar su origen?

Si no nos mostramos fieles y honestos a nosotros mismos, la esperanza se diluye, si por el contrario logramos mantenernos congruentes, lo demás vendrá por sí solo.

Por ello, influir en el presente y transformarlo nos permitirá interferir en el futuro y sólo entonces la frase de José Saramago sobre “La historia fue vida real en el tiempo en que aún no se la podía llamar historia” tendrá sentido.

Es el momento exacto de saber de qué están hechos nuestros espíritus, pues en el momento en que nos convertimos en seres despiertos y conscientes de nuestras acciones, de nuestra vida con la valiente aceptación del mal como existencia, debilitamos la ira, el egoísmo, la venganza, el cinismo, la autodestrucción, el falso orgullo.

El mal es quien busca que perdamos en nuestras debilidades la fortaleza del espíritu, estamos atrapados en una lucha mortal, pero aunque es nuestro oponente en el juego de la vida, también él sabe que fue creado para ser vencido.

Generalmente resistimos y nos excusamos ante todo lo malo que imaginamos nos sucede y nos autonombramos víctimas de lo que creemos está sucediendo, pero cada mujer y hombre que agradece y aprecia cada oportunidad vivida nunca es una víctima, sólo elige entrar a un proceso donde la mejor bendición es aprender a reconocer al mal como al mejor adversario para ser vencido.

Retos mundiales

El panorama de 2016 quedará marcado por la decisión que adopte la Reserva Federal de los Estados Unidos (Fed) respecto al incremento de las tasas de interés que ha venido posponiendo prácticamente desde que arrancó el año. La volatilidad que han experimentado los mercados financieros, la devaluación del yuan, así como la caída de los precios del petróleo, ha diferido esta decisión por temor a una desaceleración de la economía mundial.

Sin embargo, factores como el incremento de las fuentes de empleo y la baja inflación en los Estados Unidos marcan un momento propicio para el incremento gradual de la tasa de referencia mundial. Al suceder esto inevitablemente el mayor costo del financiamiento desincentivará el crédito y el gasto público, y las inversiones que antes se hallaban en economías emergentes como la nuestra.

Aunque este complejo entorno económico augura un 2016 muy difícil para las economías emergentes, es un hecho que México cuenta con instituciones sólidas que permitirán hacerle frente a los embates de la economía global.  De hecho, aunque los precios del petróleo han caído a su nivel más bajo desde 2008 —gracias a las coberturas que se contrataron en 2014 y en este año para el entrante— nuestra economía no ha detenido su ritmo de crecimiento en comparación con otras naciones.

La adecuada conducción de la política económica se concatena con el trabajo realizado por el Banco de México que ha permitido que durante este año se registren los mínimos históricos de inflación. Otro dato que habla por sí solo acerca del buen rumbo que lleva nuestra economía es el relativo al número de fuentes de empleo que se han creado en los primeros tres años de gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, el cual ha sido de más de un millón 892 mil empleos, que es la cifra más alta registrada en los últimos cinco sexenios.

Asimismo, durante la primera mitad de la actual administración del presidente Peña Nieto, la inversión extranjera directa alcanzó los 92,000 millones de dólares, gracias a las reformas que aprobamos en la pasada legislatura, mismas que han abierto un amplio abanico de posibilidades para que empresarios nacionales y extranjeros coloquen sus activos en áreas estratégicas para el desarrollo nacional. Sólo así se explica por qué nuestro país es hoy más que nunca una de las naciones más confiables para invertir en América Latina, asegurándonos un lugar privilegiado en el desarrollo económico regional.

Año de populismo

El 2015 ha sido un buen año para el populismo de derecha. En varios lugares del mundo esta corriente logró poner en retirada a otras tendencias políticas, algunas afines a la izquierda, que se sumergieron en un pantano de ineficacia y corrupción. Como otros populistas, los de derecha dicen siempre lo que la gente quiere escuchar, si son disparates o no lo son, carece de importancia. Están imbuidos de un espíritu de revancha. Son la salida de emergencia de agravios nuevos y añejos. Son hábiles para encontrar malvados a quiénes culpar de todo y proponen soluciones sencillas para problemas complejos. Sobra decir que no resuelven los problemas, pero en su discurso siempre tienen a quién responsabilizar de sus tropiezos.

En el caso de México, el triunfo del individuo que se hace llamar El Bronco en la elección para gobernador de Nuevo León es, desde mi punto de vista, la nota política más relevante del año que termina. ¿Por qué La respuesta es que demostró que a pesar del férreo control del sistema de partidos que impera en el país es posible, hay una rendija, para acceder a posiciones de poder, incluso del nivel de la gubernatura de Nuevo León. Es posible hacerlo sin el aval de los partidos. Y es que los partidos operan como siniestros cadeneros de antro, de ésos que se reservan el derecho de admisión. No omito desde luego que el empresariado regio fue la fuerza que tomó la decisión de quién gobernaría Nuevo León. Los empresarios asumieron el mando real del estado desde el día que decidieron crear su propia policía, por encima del gobernador, para arrebatarle el control de su estado; sí, su estado, a las bandas del crimen organizado.

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