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Causas y azares

OpiniónErick Zúñiga

El matemático Leonard Mlodinow publicó en 2008 un texto con un título más que sugerente: “El andar del borracho o de cómo el azar gobierna nuestras vidas”. En este maravilloso texto, el autor muestra cómo las leyes de la probabilidad permiten explicar un gran número de fenómenos tanto económicos como sociales.El citado título no podría ser mejor para abordar una de las problemáticas sociales y de salud pública más delicadas que estamos enfrentando en México: la morbilidad y la mortalidad por enfermedades hepáticas, y particularmente por enfermedades alcohólicas del hígado.

Hay causas de mortalidad que en determinado momento podrían ser atribuidas al azar; los accidentes, por ejemplo, dependen en mucho de factores ajenos a las víctimas: caídas en el hogar o la vía pública, mordeduras de animales, la caída de un rayo, de un árbol, etcétera.Es muy distinto cuando las personas se accidentan porque antes de conducir ingirieron alcohol de manera inmoderada o excesiva; de acuerdo con las estadísticas del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI), entre los años 2004 y 2013 se han registrado 260,361 defunciones que, siguiendo a la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE), son atribuibles directamente al daño que el alcohol genera en el tejido hepático.

La cifra tiene proporciones de tragedia, pues implica un promedio diario de al menos 71 defunciones por consumir alcohol abusivamente. Esto sin contar las defunciones por accidentes de tránsito en las que se logró acreditar que la o el conductor había ingerido alcohol, las cuales suman, de acuerdo con las estimaciones más conservadoras, poco más de 5 mil anuales.

Lo anterior sin considerar también las muertes por diabetes, las cuales de acuerdo también con las estadísticas de mortalidad de que dispone el INEGI, sumaron en 2013 la tremenda cifra de 87,245. De ellas, es muy probable que un alto porcentaje pueda ser atribuido al consumo inmoderado del alcohol o al menos que existe una fuerte asociación.

Es claro que hay defunciones que son producto del azar o de la inevitabilidad inherente a nuestra naturaleza siempre vulnerable ante la enfermedad; sin embargo, hay otras que están asociadas a conductas y hábitos de riesgo; pero también otras más a la falta de cobertura de servicios de salud de calidad.

En efecto, de acuerdo con el Consejo Nacional para la Evaluación de la Política Social (Coneval), en el año 2012 había al menos 25 millones de personas en circunstancias de vulnerabilidad por carencia de acceso a servicios de salud.

En este contexto, tanto el andar del borracho como el azar se encuentran bastante determinados; por ello no es casual que la propia Organización Mundial de la Salud haya diseñado el concepto de “determinantes sociales de la salud”, los cuales impiden el cumplimiento efectivo de ese derecho para millones de personas; más aún en un país como el nuestro en donde las políticas de salud preventiva; la política de prevención de las adicciones; y las políticas de regulación y supervisión de venta de alcohol -sobre todo en lo que respecta a las niñas, niños y adolescentes-, son a todas luces ineficaces y de acuerdo con expertos como Juan Ramón de la Fuente y David Kershenobich, pueden ser calificadas definitivamente como un fracaso.

Quizá sería preferible apelar a la vieja canción de Silvio Rodríguez y pensar que nuestro decurso diario se debe a una combinación constante de “causas y azares”; y en el cual las primeras dependen en mucho de las decisiones que tomamos todos los días.

El consumo abusivo del alcohol se asocia también a otras agendas: violencia social, violencia contra las mujeres y violencia contra las niñas y niños; fenómenos todos que producen costos sociales y económicos difíciles de dimensionar en toda su magnitud.

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