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Buen político

 

Opinión-colorErick Zúñiga

No nos quepa duda de que el papa Bergoglio es un buen político. Su personalidad carismática y su cuidadosa agenda están logrando que la iglesia católica, manchada por los numerosos escándalos de abusos sexuales, sea de nuevo atractiva para mucha gente que se había alejado. Su reciente viaje a Cuba y a Estados Unidos da prueba de ello.En Cuba, la intención del Papa es muy evidente: convertir a la Iglesia en un interlocutor necesario entre el gobierno comunista y una sociedad en vilo, en proceso de cambio.

Hacer esto, a pesar de que la cubana nunca fue una sociedad muy practicante y de que la influencia cultural de la Iglesia sí tuvo una merma notable durante las últimas décadas, es una tarea que requiere mucha mano izquierda política.

En sus discursos, por un lado, Francisco se colocó claramente del lado de quienes propugnan por un cambio en la isla; por el otro, insistió en un cambio a través del diálogo y la cooperación, no por el camino de la crítica y la defensa intransigente de valores. En esa ruta, no convenía encuentro alguno con la disidencia. La iglesia cubana será interlocutor en sí, y no el altavoz de otros. Es un asunto de poder.

Eso también lo entendieron los jerarcas cubanos, que también son duchos en política. Es mucho más sencillo tratar con una institución dispuesta a negociar que con la sociedad civil en movimiento. Las fotos amables con Fidel y con Raúl así lo atestiguan.

De ahí, el salto al Imperio, donde el papa jesuita dio nuevas muestras de su perspicacia política, al alejarse de la extrema derecha de la nación que visitaba, sin tocar en el fondo los intereses más conservadores de su grey estadunidense.

Así, en su gira por EU, el papa Francisco se lanzó contra la fragmentación social que causa el capitalismo, contra los excesos —que una parte de la derecha republicana pondera como virtudes—, pero de ninguna manera contra el sistema en el que se basa ese país.Los negocios son “una vocación noble, dirigida  a producir riqueza y mejorar al mundo”, dijo. Añadió: “El uso correcto de los recursos naturales, la aplicación justa de la tecnología y el espíritu emprendedor son elementos esenciales de una economía que busca ser moderna, inclusiva y sustentable”.

Francisco se mostró lejano de la visión de la teología de la liberación en su aspecto central. No está contra los valores mercantiles del capitalismo, sino en contra que éstos se pongan por encima de otros, como la democracia, la solidaridad humana y la sustentabilidad ecológica. Si acaso, lo novedoso es que —en su visión— no sólo Dios, como era de esperarse, está por encima del dinero, sino también la necesidad de hacer una política socialmente responsable.

En otras palabras, la crítica es real, pero el alejamiento del sistema no es, para nada, radical. Sólo los extremistas gringos así lo perciben.

Con quienes el Papa fue más cercano a una versión moderna de la Iglesia, fue con los migrantes y con los marginados. Su llamado a la tolerancia y a la inclusión va directamente en contra de los discursos de odio que maneja la derecha en Estados Unidos, y que son tan comunes a los cristianos evangélicos de ese país.

El discurso de Francisco sobre la ciudad y quienes parecen ser invisibles dentro de ella —los extranjeros, las minorías, los marginados— porque quienes la transitan están ciegos, empata muy claramente con el concepto —tradicional, pero a menudo olvidado— de que Jesús es el prójimo más vulnerable y desvalido.

En resumen, la gira de Francisco por América fue un éxito político. Posicionó políticamente a la Iglesia en Cuba y dio línea (demócrata moderada) en Estados Unidos. Avanza en su política de puesta al día a una institución que llevaba varios siglos de retraso, y ahora nada más le falta como uno.

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