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Balance discutible

Opinión-colorErick Zúñiga

El Presidente ha rebasado la línea media de su sexenio. El balance no es discutible: con Peña Nieto no nos está yendo mejor. Para los críticos: el gobierno de Enrique Peña Nieto es el de Tlatlaya, Ayotzinapa, la fuga de Joaquín “El Chapo” Guzmán y la “Casa Blanca”. Para el priísmo y casi toda la oposición, el argumento es que tarde o temprano habremos de ver el efecto transformador de las reformas.

Como señalaba Jesús Silva-Herzog en su más reciente artículo: a juzgar por los hechos y el discurso, Peña Nieto apuesta por la eficacia de su plan. Lo demás, todo lo que esté afuera, no importa. He ahí su mayor error. Por eso no es sorpresa que sus índices de popularidad anden por los suelos y que la mayor parte de los mexicanos le otorguen una calificación reprobatoria.

Por eso -y ojo, el mensaje es también para los partidos- las opciones independientes como Jaime Rodríguez y Manuel Clouthier empiezan a figurar (según la encuesta de Reforma) en el escenario electoral cuando faltan todavía tres años para la siguiente elección presidencial.

Sabemos que las candidaturas independientes no solucionarán este País de un plumazo. Pero a la luz de la corrupción interna de la vida partidaria, su falta de transparencia y credibilidad, las independientes son las únicas candidaturas que se antojan como una opción diferente en la oferta electoral mexicana. Falta, por supuesto, ver qué sucederá con ellas en 2016. ¿Veremos Caballos de Troya o candidatos competitivos?, ¿serán buenos gobernantes? No lo sabemos.

El Presidente sabe que poco podrá cosechar lo que resta de su sexenio. En ese sentido, tiene dos opciones: primero, continuar en la estrategia reformista desoyendo las críticas de quienes le reclaman el mediocre crecimiento económico, la repetición de la fallida estrategia de seguridad o la evidente y probada corrupción de su gobierno. O segundo: abrir la puerta para un diálogo fecundo con las instituciones y con las organizaciones más representativas de la sociedad civil. Un diálogo que lleve a acuerdos concretos que puedan reflejarse en la implementación de las reformas estructurales.

Ese diálogo tiene que pasar primero por la relación del Presidente con el Congreso. Un poder que, lejos de ser su contrapeso, controla. Será su decisión si decide manipularlo para no afectar los intereses de su grupo o si decide usarlo como aliado para sentar verdaderos precedentes en el cambio de los incentivos al interior de las instituciones de la democracia mexicana. Siendo honesto, no espero mucho en el segundo sentido. Peña Nieto no ha demostrado tener la sensibilidad ni el oído fino necesario para la toma de decisiones en política pública. Ha decidido jugar al monopolio del poder en lugar de poner la mesa y abrirla a las opiniones. Su afán por controlar al Poder Judicial desnuda su estilo autoritario.

De la oposición tampoco podemos esperar gran cosa. Si fueran del tamaño que repiten en sus spots, la democracia mexicana sería una muy distinta de la que tenemos. Sus liderazgos se enfrentan a la misma disyuntiva que la del Presidente: oír a sus militantes e incluir las propuestas y necesidades de los ciudadanos en sus programas; o continuar repartiendo prebendas para conservar sus cuotas de poder y presupuestos. Muy pronto veremos si Ricardo Anaya y Agustín Basave están a la altura de las circunstancias.

Por último, como dice G. Friedman, fundador y director de Stratfor, en su libro “Los próximos 100 años”: México puede aspirar a mediados de este siglo a convertirse en una verdadera potencia mundial. Los recursos y las oportunidades están allí: el bono demográfico, la cercanía con Estados Unidos, nuestra posición geográfica estratégica.

Falta que hagamos la tarea, que construyamos las instituciones y los liderazgos a la altura de esa modernidad a la que aspiramos. Dejo la pregunta: ¿nuestro gobierno, nuestros partidos, nuestros empresarios, la academia, los medios… están a la altura de esa ambiciosa aspiración? La respuesta es no. Falta mucho.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

Un problema evidente

Uno de los principios básicos de la neurolingüística señala que el mapa no es el territorio. El territorio es la realidad, y el mapa es nuestra percepción y nuestra interpretación de la realidad. En política, al contrario, el principio básico dice que la forma es fondo, y que la realidad sale sobrando si la percepción le roba su protagonismo.

En México, tal parece que se quiere hacer de la política el arte del disimulo. Ya lo decía Octavio Paz, con singular maestría, en “El Laberinto de la Soledad”, cuando escribía que “la simulación es una de nuestras formas de conducta habituales. […] La mentira posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, el amor, la amistad. Con ella no pretendemos nada más engañar a los demás, sino a nosotros mismos”.

El problema es que querer confundir a cualquier precio la imagen con la realidad termina, al final del día, dejándonos un sabor de boca insulso, desagradable. Sin contenido. Pretender que maquillaje, sonrisas y trajes bien combinados hablarán más que nuestra realidad es simplista. Hace unos días, la Secretaría de Relaciones Exteriores invitaba a sus funcionarias a un curso de buenos modales dirigido exclusivamente a mujeres (equidad de género olvidada), pensando que nuestros interlocutores en el mundo están más interesados por la elegancia y el color de los labios de nuestras representantes que por la realidad que emana de nuestro país (bienvenido el machismo)… En lugar de empoderar a los miembros del Servicio Exterior Mexicano con cursos de mayor urgencia, como podrían ser temas de desarrollo humano, nuevas tecnologías, comunicación intercultural, idiomas como mandarín, árabe, hindi, indonesio, farsi, entre otros.

Percepciones disfrazadas de verdades históricas, aunque el buscador universal por excelencia, Google, desmienta incendios en Cocula el día que debían ser incinerados nuestros estudiantes. Imagen que destroza la imagen que queremos vender a toda costa. Porque en el mundo del internet, una imagen, una historia, puede desbaratar en un instante el edificio de una propaganda construida como un castillo de naipes. De ahí lo perjudicial que resultaron las historias de corrupción y de impunidad en nuestro país para la percepción que se ufanaba vender sobre México. El mapa se esfumó y quedó el puro territorio quemado.

Sigue nuestro Premio Nobel de Literatura diciendo que “[a] cada minuto hay que rehacer, recrear, modificar el personaje que fingimos, hasta que llega un momento en que realidad y apariencia, mentira y verdad, se confunden”. El problema es que en 1950, cuando publicó su obra maestra, era más fácil manipular la realidad que en 2015, cuando el acceso a la información se encuentra a la altura de un teléfono celular o de una computadora portátil.

Pero la tentación de inventar o, mejor, aparentar, simular y maquillar nuestra realidad parece ser el lema del actual gobierno. Definir una política exterior basada en dibujar un liderazgo regional a través de fotografías, visitas y apretones de manos obviamente no iba a poder contra el embate de la realidad. Maquillar la realidad no puede ser proyecto de política exterior. Tampoco el hacer de la diferenciación con el anterior gobierno el objetivo final de cualquier esfuerzo diplomático.

Olvidar que la política exterior o es de Estado o es de máscara. Dice Paz que “máscara el rostro y máscara la sonrisa”. Pero no la realidad…

Vaya productividad

Por más esfuerzos que hace Pemex para comunicar que, como empresa productiva, tiene un futuro brillante, la sombra de su época como paraestatal y de protagonista de la petrolización de la economía todavía la persigue.

Pemex que encabeza Emilio Lozoya Austin quiere moverse rápido y como lo hacen sus competidores. Tiene todo para hacerlo y son muchas las historias de éxito, innovación y rentabilidad que puede contar la petrolera mexicana.

Sin embargo, la decidida recaudación a través de la venta de los petrolíferos que necesita la economía y que aún aplica la SHCP, bajo la responsabilidad de Luis Videgaray, le impone muchos frenos. Como Shell o Conoco, Pemex es una petrolera de primer nivel con participación en muchos negocios de este sector.

Necesita, sin embargo, construirse una reputación como empresa privada para mostrar al mundo y al mercado mexicano que puede competir y muy bien en todas las plazas y frente a los jugadores que en unos meses vendrán por sus clientes.

Sin embargo, los consumidores mexicanos —que todavía pagamos precios caros por la gasolina dado que la SHCP necesita recursos para seguir financiando el gasto público— observaron con mucho recelo la incursión de Pemex en el segmento de estaciones de servicios. No sólo pagamos impuestos (lo cual está muy bien) sino precios muy altos cuando el costo del petróleo baja y baja sin pudor alguno.

El problema ahora es que con presencia en Estados Unidos, confirmamos que allá, hasta Pemex, puede vender gasolina barata. Así, el mensaje fue  contundente: ese diferencial de precios de venta al consumidor entre el nivel que Pemex vende sus petrolíferos para México y el que ofrece para Houston (casi el doble), los pagamos los mexicanos y es un capital clave para financiar la caída del precio del crudo.

El analista regiomontano Carlos Dávila me explicó que gracias a los precios altos de la gasolina en México los consumidores estarían aportando una recaudación adicional de unos 2,600 millones de dólares.

Nada más. Mientras que la recaudación adicional de ingresos de Pemex para el gobierno federal sería de 15,200 millones de dólares anuales. Por eso, ahora es una buena noticia que Pemex invierta y que revierta la decisión (que quizás llegó de la SHCP) de no destinar recursos a la modernización y edificación de nuevas refinerías.

Buena decisión porque la producción local de gasolina que ha tenido un mayor ajuste es la Magna, la que consume la mayor parte de la población. Entonces, la venta de gasolinas cara simplemente impone un impuesto regresivo para los mexicanos que menos tienen. Dejen que Pemex compita, recorten gastos innecesarios y eliminen la corrupción. ¿Fácil? No pero la otra opción tampoco es sostenible.

¿Será un presagio?

Vaya que si en las últimas semanas le ha ido mal al populismo latinoamericano: primero fue la estrepitosa derrota del kirchnerismo en Argentina, el 22 de noviembre, a manos de Mauricio Macri y la coalición “Cambiemos”; el candidato oficialista Daniel Scioli del “Frente por la Victoria” se quedó tumbado en la lona. Así se puso fin a 12 años de continuidad en el poder de Nestor Kirchner y su esposa Cristina Fernández.

Y es que el neopopulismo se presentó como alternativa contra dos blancos polémicos: de una parte, frente a las democracias representativas que se consolidaron en el mundo iberoamericano luego de la terminación de las dictaduras militares de Portugal y España

Gobiernos como los de Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, los Kirchner en Argentina y, Daniel Ortega en Nicaragua al parejo de sus seguidores en Iberoamérica y el Caribe proclamaron la crisis de las repúblicas representativas y, en consecuencia, la necesidad de una democracia popular .

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