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Alud incontenible

Opinión-colorErick Zúñiga

Una de las primeras cosas que se aprenden, en el periodismo y en la política, es que a la opinión pública “no se la puede llevar de paseo” (la frase es de Piero Ottone, quien fuera director del Corriere della Sera)… a menos de que la opinión pública esté dispuesta a dar ese paseo.

¿Qué quiere decir esto? Que hay temas de la agenda política y social sobre los cuales los periodistas (o los políticos) pueden insistir una y otra vez, pero que no pegan hasta que la opinión pública está madura para ellos, dispuesta a hacerlos suyos. Entonces pueden volverse un alud incontenible, capaz de cambiar el estado de cosas.

En otras palabras, los periodistas (o los políticos) no son capaces de generar un movimiento social si no están dadas de antemano las condiciones en el ánimo de la opinión pública. En ese caso, pueden intentarlo una y otra vez, para topar con pared una y otra vez.El asunto viene a cuento por las movilizaciones desatadas a partir de la tragedia de Iguala, que han trascendido el episodio mismo y que han cimbrado a la clase política mexicana.

El cansancio y el hartazgo no tienen que ver solamente con la sensación de que el Estado democrático no está funcionando satisfactoriamente para evitar situaciones límite como las antes señaladas. Son más profundos: tienen que ver con las nubladas perspectivas que comparten los miembros de las nuevas generaciones.

Basta ver la situación de los salarios, la precariedad del empleo —sobre todo entre los jóvenes—, los límites a la movilidad social, el divorcio entre las ofertas de la clase política y la realidad cotidiana, para entender porqué, finalmente, la opinión pública sí decidió a salir de paseo. El gran tarro de mermelada que siempre se propone para el largo plazo (para cuando funcionen las reformas estructurales) es visto por muchos como un tarro virtual, como un espejismo al que no vale la pena aferrarse.

Al mismo tiempo, las movilizaciones de la sociedad civil han expresado con claridad lo que no quieren, pero no han sido capaces de articular qué es lo que quieren. La catarsis le ha ganado a cualquier posibilidad de análisis y propuesta.

El problema es que sabemos, en el fondo, que una transformación plena de las instituciones tiene que hacerse, al menos en parte, desde las instituciones mismas. Que la necesaria reforma del Estado deriva, al menos parcialmente, del propio Estado.

El nudo de la coyuntura actual es que, ni en un lado ni en otro de la barricada (y creo que desgraciadamente la metáfora es correcta) se avizora la intención de emprender una reforma a fondo de las instituciones estatales.

Por una parte, persiste un discurso mágico y emocional, que se diluye en la indignación y la mentada. Por la otra, hay signos de desesperación acompañados de tics autoritarios (está bien condenar y castigar a los violentos, pero centrar el discurso en ellos equivale a no escuchar los reclamos de los miles que lo han hecho de manera pacífica).

Estas reformas deben tocar muchos elementos: el más evidente —por lo tanto, el único que de seguro se llevará a cabo— es el referente a la vida municipal, dentro del federalismo mal entendido que se implantó hace un siglo. Pero hay otros aún más importantes: hay crisis en el Poder Judicial, crisis de representatividad política, crisis estructural por la desigualdad y la falta de oportunidades, crisis por la corrupción a la que no se ha podido erradicar.

Todas estas crisis particulares requieren de acciones de corto plazo y de una reingeniería social. Y tiene que ser el Estado —pero acompañado por la sociedad— uno de sus impulsores más decididos. Entre otras cosas, porque allí se le va la vida. Lo peor que podrían hacer las autoridades es tomar una posición de castillo asediado.

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