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Alegrías de corto plazo

ERICK ZUÑIGA

Opinión-colorMuchos vivimos bajo la impresión de que el Mundial, que es junto con los Juegos Olímpicos el evento deportivo más seguido del mundo, tiene un alto impacto económico positivo en el país anfitrión.

Esta impresión contrasta radicalmente con las noticias que hemos estado recibiendo de Brasil en los últimos meses sobre manifestaciones multitudinarias de brasileños que se oponen a que el Mundial se realice en su país argumentando que consume recursos públicos que podrían invertirse mejor en servicios como escuelas y hospitales.

En una encuesta realizada por Pew en Brasil, el 61% respondió que la competencia era mala para el país por el consumo innecesario de recursos, y solo el 34% piensa que el Mundial generará empleo y ayudará a la economía. Todavía peor, 39% respondió que el evento de la FIFA dañará la imagen de Brasil en el mundo.

La realidad es que, aunque según el Ministerio de Turismo de Brasil se esperan 3.7 millones de visitantes vinculados directa o indirectamente al Mundial que aportarían cerca de 3 mil millones de dólares a la economía, la aportación del Mundial al PIB de Brasil a través del turismo sería de menos del 0.2%, y el problema actual de Brasil es que el crecimiento de su PIB bajó de un 7.5% en 2010 a un 2.3% en 2013, y se espera que en 2014 sea solo del 1.8%.

En una entrevista en marzo con SwissInfo, Carlos Braga, profesor de economía en el IMD en Suiza y además brasileño, comentó que el problema de Brasil es que el modelo Lula de crecimiento se ha basado exclusivamente en consumo y se han hecho inversiones insuficientes en infraestructura. Brasil de hecho ocupa lugares por debajo de la posición 100 en calidad de infraestructura (e.g. carreteras, puertos, aeropuertos) en el índice de competitividad global del Foro Económico Mundial.

Esta es la principal razón por la  que los brasileños se preocupan de que sus impuestos se estén gastando en construir estadios que después del Mundial se convertirán en “elefantes blancos” porque en las ciudades en las que se construyen no habrá demanda para usarlos, como el de Manaus o el de Brasilia. Esto sumado a las preocupaciones de los brasileños en temas como corrupción, inseguridad, inflación, salud, educación y pobreza, le ponen un panorama complicado a la presidenta Dilma Rousseff.

Dejando de un lado el Mundial y el impacto que sin duda tiene en términos de marketing y de derrama económica para algunos, quisiera hacer énfasis en el tema de la importancia de la infraestructura para el crecimiento de un país. Brasil es un ejemplo de como una economía puede crecer vía consumo, generar una clase media grande… y topar con pared, cuando fallan la infraestructura y las instituciones.

En México tenemos un problema similar y esta es la razón por la que son importantes las reformas y las inversiones que el gobierno está haciendo en este sentido. La reforma en telecomunicaciones y la reforma energética tienen un impacto directo en infraestructuras clave del país (México califica bajo en calidad de suministro eléctrico y competitividad de  servicios de telecomunicaciones), y el Plan Nacional de Infraestructura 2014-2018, el más ambicioso lanzado en nuestro país hasta la fecha, prevé inversiones importantes en infraestructura logística, energética e hidráulica.

Gobernar un país no es fácil, porque implica saber balancear las acciones con impacto a corto plazo con las que implican inversiones importantes hoy y tienen impacto a largo plazo.  Nadie niega que cosas como el Mundial nos dan grandes alegrías temporales, pero son las inversiones a largo plazo las que nos dan alegrías duraderas.

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